HITSUZEN







Volumen 14 - Capítulo 76

Olvido
















Cuando entró a la casa de sus abuelos Shizu se preguntó si realmente había hecho lo correcto. Quería salir de Suzuko y aceptó al instante la idea de Wataru de ir a Tokio. Él dijo poco antes que debería ir a la casa de su familia y que si lo necesitaba era sólo llamarlo que la iba a buscar.

Wataru era primo de su padre y siempre le tuvo un cariño enorme a Shizu y ella lo amaba como a un tío. Aceptó ir allá por él y también porque quería ver a su tío. Takanori Satoaki era un hombre ocupado y, teniendo eso en mente, ella vio que tendría que quedarse con sus abuelos maternos.

Cuando era pequeña Takanori Ritsuo sólo la conoció porque su hijo fue a buscarla a Suzuko. Su abuela Iyo siempre la miró torcido, Shizu creía que ser parecida a su madre le debía de traer recuerdos dolorosos. Los dos siempre se negaron a saber nada del mundo mágico, inclusive las clases y el mundo en el que su nieta vive.

Sin pensarlo dos veces Shizu se tumbó en la cama para descansar y dormir. Quería desconectarse de todo y enfrentarse a su familia después. No lograba permanecer más de dos segundos sin pensar en su padre y en cómo iba a ser su vida ahora sin él. Wataru le dio dos comprimidos para tomárselos sólo si realmente los necesitaba y ella no lo pensó dos veces para metérselos en la boca y dormir.

—Shizu. Despierta, mi linda. Estamos preocupados por ti... —Satoaki estaba sentado en el borde la cama de su cuarto.

—¿Tío? ¿Cuánto tiempo dormí? —se volteó en la cama y se estiró.

—Prácticamente veinticuatro horas. Vine ayer a verte pero ya estabas durmiendo y ahora que volví tuve que despertarte. Necesitas alimentarte —le acarició el pelo a su sobrina, quien apoyó la cabeza en su regazo

—¿De veras es necesario? Quería dormir y no despertar. Quién sabe si así me reúno con todos...

—¡No digas una tontería como ésa! —la voz severa proveniente de la puerta era de Iyo—. Lávate para poder comer algo.

Sin muchas opciones, Shizu se levantó para tomar un baño y comer. Para su desgracia, cuando fue a la sala de estar no vio más a su tío, sólo a sus abuelos. Besó a su abuelo, con quien casi no habló el día de ayer.

—Tu tío tuvo que volver al trabajo, vendrá más tarde. Ven a comer —Ritsuo se esforzó en hacerla sentirse más cómoda.

Por más alejada que hubiera crecido su nieta, él la miraba y veía a su hija reflejaba e instintivamente quería su bienestar. Por lo que oyó de su hijo ella estaba muy triste y su apariencia abatida dejaba bien claro que no estaba bien.

—Dime, ¿cómo estás? Descansaste un montón de ayer a hoy —se sentó al lado de su nieta para observarla comer un poco.

—Mejor... Feliz de no estar en Suzuko ni en Amaterasu... No quería ver a todos mirándome con pena —Shizu comió algo más para contentar a su abuelo, no tenía hambre.

—Si no eres feliz allá puedes mudarte a nuestra casa. Aquí te criaríamos y tú tendrías una familia.

Eso era algo que Ritsuo siempre quiso desde que Shizu era pequeña. Kissaburo no le permitió llevarse a su nieta, aun con sus argumentos de que algo en el mundo mágico había matado a su Tori. Aquella era la oportunidad que siempre esperó y cuando se enteró de la muerte de su yerno preparó todo para quedarse con su nieta en Tokio. Incluso llamó a su hijo para que se la trajera a su casa.

Sumimasen, ojiisan, pero no entendí. ¿Mudarme aquí?

Shizu casi se atragantó. Nunca imaginó que fuera a oír eso de su abuelo, que no le gustaba nada saber de magia. Detrás de ella oyó el ruido de algo cayéndose, sabía que era la reacción de su abuela.

—Sí, venir aquí y olvidar ese mundo loco de ustedes. Sal de esa ciudad y ven a vivir con la gente normal. Aquí podrás empezar todo de nuevo, podrás trabajar con tu tío y tendrás aquí una familia que te ama.

Arigatō, ojiisan, pero quiero terminar mis estudios y ser sanadora. Me gusta ser bruja. No hablo de esto con ustedes porque sé que no les gusta, pero eso es lo que soy.

Para sorpresa de Shizu su abuelo, que era un hombre tranquilo, dio un manotazo a la mesa.

—¡No! Eres una niña y no te vas a quedar más en esa ciudad. Y ni pienses en irte, pues acudiré a la justicia para impedir tu marcha. ¡No voy a dejar que mi nieta vuelva a ese lugar!

Shizu miró atónita a su abuelo. Estaba claro lo que él quería, pero más evidente todavía fue ver que fue a parar allí con ese propósito. Trató de calmarse y recordar que él la amaba y que estaba viendo todo desde su punto de vista perturbado.

—Nací en Suzuko y allá me voy a quedar. No pretendo mudarme a Tokio, ni a la parte nashi atae ni a la parte mágica.

—No te irás a ninguna parte mágica ni a ningún lugar. En el tribunal verán que soy tu único pariente y me darán la custodia. Puedes pensar que estoy equivocado pero es lo mejor para ti. Vas a terminar con eso de la brujería.

—¡No puedes mantenerme aquí contra mi voluntad! —Shizu se levantó y miró a su abuelo a los ojos. En ese momento vio que necesitaba imponerle un límite.

Los dos fueron separados por dos manos firmes que los empujaron, uno a cada lado. Iyo en algunos momentos podía poner reparos en su nieta, pero nunca iba a dejar que su marido le levantase la mano.

—Shizu, ve a tu cuarto —la voz de su abuela no dejaba ningún margen de discusión, no es que ella lo quisiera.

Al entrar al cuarto Shizu cerró la puerta con fuerza. Podía oír perfectamente la discusión que comenzó en la sala y que en ese momento continuaba en el cuarto. Sintiendo una rabia que no sabía que poseía dentro de sí, se cambió de ropa rápidamente, tomó el celular, su cartera y salió de la recámara con sigilo.

En el living Shizu tomó dos botellas pequeñas de whisky de sus abuelos y salió sin que ellos, que estaban en el cuarto discutiendo, la escuchasen. Aún en la escalera de la propiedad, abrió las dos botellas y se las bebió rápidamente. Esta noche iba a olvidar todo y a todos, iba a divertirse al máximo.

******

Shizu despertó sintiendo un gusto rancio en la boca, sabía que había exagerado en la bebida. Los martillazos en la cabeza le hacían pensar en lo mismo, tenía resaca. No es que lo supiera por experiencia, pero era algo de lo que oyó hablar y fácil de identificar.

«Mis abuelos estarán deseando matarme, ni siquiera sé cómo regresé a casa...».

Aún con la mente aletargada, Shizu se envolvió en la sábana y escondió la cara en la almohada. La luz que entraba en el cuarto la molestaba y los ojos pedían oscuridad.

«Lo más sencillo sería cerrar la cortina y volver a la cama».

Se sentó lentamente en la cama e ignoró el dolor que sintió en el coxis. Fue cuando se levantó que vio que no estaba en su cuarto, ni en casa de sus abuelos. Nerviosa, Shizu se miró y vio que tenía puesto la camisa de alguien, alguien mucho más grande que ella.

Sintiendo la cabeza darle vueltas, Shizu se sentó en la cama, mareada. Trató de recordar lo que había pasado anoche, necesitaba descubrir en dónde estaba y qué había sucedido.

—Qué bueno que despertaste —el dueño de casa entró, haciendo que Shizu soltara un suspiro de alivio—. ¿Cómo está tu cabeza?

—Doliéndome, tío... Me duele más cuando intento pensar y respirar. ¿Qué hice?

—Es lo que me pregunto. No entendí nada de lo que me intentaste decir.

Satoaki no era un hombre mayor, estaba en los cuarenta y pocos. Al contrario que su padre, siempre visitó a Shizu en Suzuko y no le importaba que fuera bruja o no. Era hija de su hermana, era su sobrina y eso era lo que importaba. Él la amaba como la hija que nunca tuvo.

—¿Dónde... cómo me encontraste? —Shizu se sentó en la cama y aceptó de buena gana el café que su tío le ofrecía.

—Cuando te fui a visitar anoche mi padre me dijo que te habías escapado y llevado dos botellas de alcohol. Me quedé muy preocupado. No conoces, quiero decir, no conocías la noche de Tokio.

—Perdón por haberte preocupado.

—Yo soy quien debe pedirte disculpas por haber permitido que oyeras lo que mi padre dijo cuando lo que necesitabas era cariño y no gritos y órdenes —Satoaki llevó la mano hasta el rostro de su sobrina y le hizo una caricia—. Debería haberte traído aquí y haberme quedado contigo todo el tiempo.

—¿Cómo vine a parar aquí? No sé en dónde queda tu nuevo apartamento —Shizu tomó su almohada y se acomodó en el regazo de su tío. No se acordaba de nada, estaba cansada. No sólo físicamente, sino también emocionalmente.

—Tuviste algún momento de lucidez y me llamaste —en ese momento él cerró los ojos, agradeciendo que ella estuviera allí.

Satoaki nunca se imaginó que se pasaría toda la madrugada mirando el teléfono, esperando a que su sobrina llamara. Sintió los ojos arderle y el corazón se le oprimió al recordar que la encontró borracha, sentada en una parada de ómnibus, esperándolo. Ni siquiera podía caminar hasta el auto, él tuvo que cargarla todo el tiempo.

Permaneció sentado en el suelo del baño sosteniendo la cabeza de Shizu mientras ella vomitaba. Ella lloró todo el tiempo. Una de las frases que pudo oír y entender y que su sobrina repetía era que no aguantaba más. Satoaki nunca creyó que su sobrina estuviera sufriendo tanto y desde tanto tiempo.

«Todo está bien ahora, mi linda. Estoy aquí contigo», trató de calmarla en vano. Ella respondió llorando: «Tú te vas a ir como todos los demás. Me vas a dejar sola».

—¿Tío? ¿Estás llorando? —Shizu se sentó y apartó a su tío del recuerdo de anoche.

—Es porque me acordé de algo que tienes que ver —se levantó, la hizo hacer lo mismo, y caminó hasta un gran espejo que había en el cuarto—. Te estabas quejando de un dolor en la espalda y cuando fui a ver qué era me quedé sorprendido. Voy a cerrar los ojos y tú miras.

Sin entender por qué su tío estaba cerrando los ojos, Shizu se levantó la camisa y se volteó de espaldas al espejo. Seguía sintiendo un dolor extraño pero no vio nada extraordinario.

—No hay nada diferente. Dime lo que te dejó sorprendido.

—Mira en donde te cubre el bikini —dijo Satoaki sin abrir los ojos.

Shizu casi se cayó sentada cuando vio lo que tenía allí. La piel estaba roja por el tatuaje recién hecho. El rojo de la zona no era sólo por la irritación, sino también por el dibujo. Se había tatuado una pequeña pimienta roja en el coxis.

Anoche había salido y bebido y hasta ese momento no se acordaba de nada, pero cuando vio el tatuaje que se hizo todo le volvió a la memoria.

******


Shizu bajó corriendo las escaleras de la casa de sus abuelos, quería alejarse de ellos. Sabía lo que quería hacer, quería salir a bailar. Quería descargar sus frustraciones en alguna pista en donde tocaran música muy alta, más alta que las voces que tenía en la cabeza.

Parada enfrente del edificio, miró a la calle y se quedó sin saber adónde ir. Sabía que en el lado nashi atae era menor de edad y no podría hacer nada. Se acordó de la vez que vino a Tokio el año pasado y dónde quedaban algunos comercios mágicos.

«No... nada que me recuerde a Kou. Quiero estar sola hoy, sin recuerdos».

Atravesó la calle y fue a un centro comercial que había allí cerca. Iba a arreglarse lo suficiente como para que no dudaran de su minoría de edad, ya que unos pantalones y una blusa no iban a ayudar. No necesitó más de quince minutos para cambiar de estilo. Se puso unos pantalones negros apretados y de tiro bajo y botas negras; la blusa era corta, suelta adelante y abierta en la espalda. Con un delineador negro y un labial rojo su cara cambió también.

Comenzó a caminar por la calle, sin saber qué hacer. La noche de Tokio era famosa pero necesitaba saber dónde entrar sino sería llevada de vuelta a casa de sus abuelos, y eso era lo último que quería.

Transitando sin rumbo, muchos la piropeaban y la invitaban a salir. Al contrario de lo que normalmente haría, Shizu aceptaba los elogios y caminaba más segura. No sabía si la bebida estaba haciendo efecto o si era ella misma, pero no le importaba lo que le decían cuando pasaba, si la llamaban divina o vagabunda.

En un garito en la calle compró una cerveza mientras pensaba adónde ir, no tenía la más mínima idea de dónde estaba, pues había caminado mucho. Los ojos le brillaron al ver algo que podría hacer la diferencia, una casa de tatuajes que había enfrente de ella. Creyó que valía la pena intentarlo y entró.

—No tienes más de veinte años —dijo la muchacha que estaba en el mostrador cuando la vio entrar.

—Casi, pero estoy emancipada. Eso sucede cuando no se tiene más padres —Shizu se paró y miró a la otra esperando a ver si la expulsaba de allí.

—De acuerdo entonces, puedes entrar. Pago por adelantado —la japonesa rubia que estaba en el mostrador era también quien hacía los tatuajes—. Y no esperes recibo, pues no pienso meterme en problemas.

Poco rato después y algunos gemidos de dolor, Shizu estaba con una venda cubriendo el dibujo que se había hecho en el cuerpo. Había elegido una pimienta y decidido colocársela en un lugar donde creía que nunca más nadie la iba a ver. Sonrió al ver el resultado. Era un regalo suyo para sí misma.

—Parece que necesitas soltarte —dijo la muchacha mientras guardaba sus cosas—. Ya estaba cerrando cuando tú entraste, voy a ir a un bar aquí cerca. Conozco al dueño y si se lo pido él no te dejará afuera.

—¿Por qué lo harías? ¿Qué vas a ganar? —Shizu no creyó que fuera tan fácil.

—Vas a pagar la bebida, claro. La tuya y la mía. A propósito, me llamo Misuki.

—Shizu. Y acepto tu oferta.

Shizu esperó a que Misuki cerrara la tienda y fue al lugar que le había mencionado. Era en realidad una mezcla de bar y boîte y, como bien dijo la otra, entró sin el menor problema.

—Shizu, ¿cierto? ¿Qué trae a una chica como tú a un rincón feo como éste de la ciudad? —la rubia se sentó en el bar y le indicó a Shizu un taburete para que se sentase.

—Libertad —Shizu se dirigió al barman—. Un tequila para mí y también lo que ella quiera.

El barman trajo el tequila y una cerveza para Misuki, que miraba a la joven con diversión.

—No soy una princesa, así que deja de mirarme —Shizu se tomó la bebida de un solo trago y enseguida pidió otra—. Ahí tienes tu cerveza, así que no me molestes.

—Deja a la chica en paz, Misuki, es una niña aún —dijo el joven del mostrador.

—No seas aguafiestas, Mitsu. Sólo quería jugar con la hijita de papá que está sufriendo porque el mundo es cruel.

Al oír eso Shizu miró torvamente a la rubia, que sintió como si algo la golpeara. Tuvo ganas de alejarse de ella lo más rápido posible. Misuki no supo de dónde provino eso y menos aún sospechaba que fue el inconsciente de Shizu quien lo hizo.

—Ignórala, sólo te estaba incordiando. Soy Mitsu, ¿y tú eres...?

—Dime por qué te diría mi nombre.

—Porque sólo estás aquí porque te dejé entrar.

—Que no sea por eso —Shizu trató de levantarse rápidamente pero terminó apoyándose en el mostrador. Los dos tragos seguidos fueron demasiado fuertes para una persona que no tenía ni siquiera la costumbre de beber sake.

—Cálmate, chica, así te vas a terminar lastimando —el joven se acercó a ella para ayudarla a levantarse y la sentó de vuelta en el taburete—. El que alguien como tú salga a emborracharse sola no es nada bueno, y más vestida así.

—La vida es triste, ¿no es así? —Shizu sintió que todo le daba vueltas pero aún así no podía dejar de ser grosera con el hombre que trataba de ayudarla—. Está bien, me quedaré quieta aquí hasta que pueda levantarme e irme.

Mitsu le dio a beber un vaso de agua. No podía dejar de mirar a Shizu desde que ella entró al local. Sólo la dejó entrar porque quería conocerla y no porque la trajo su amiga camorrista.

—No tienes que salir corriendo, no voy a llamar a la policía.

—No harías ninguna diferencia, no tengo un responsable directo. Soy mayor de edad —la tortura estaba disminuyendo a pesar de que la visión seguía sin ser muy buena. Shizu se sentía más suelta y la música que sonaba fuerte estaba llegando a sus oídos y a su cuerpo.

—No necesitas mentir, sé que no tienes más de veinte años —Mitsu no podía apartar la mirada de la muchacha.

—¿Y quién dice que necesito tener más de veinte años para ser mayor de edad? —Shizu no resistió el comentario y sonrió pícaramente.

Se levantó preguntándose si irse o quedarse a bailar. Los sentidos le estaban fallando, no notó que el hombre la estaba mirando de forma diferente. Mitsu no podía dejarla irse, no sabía siquiera su nombre.

—Vamos a bailar —tomó la mano de Shizu y la llevó a la pista.

Era exactamente lo que ella necesitaba. Cerró los ojos y sintió la música invadirla. Su cuerpo se movía al compás de la melodía y de las manos de Mitsu, que bailaba con ella. Él miraba fascinado a la joven que tenía delante, que parecía absorber la música.

—Dime tu nombre —se acercó y se lo preguntó bajito al oído.

—Shizu —abrió los ojos y percibió que él estaba cerca, muy cerca.

La respuesta a su pregunta y la mirada directa era lo que él necesitaba para acercarla hacia sí y besarla. Mitsu notó que ella no sólo lo aceptaba, sino que le devolvía el beso con las mismas ganas. Vuelta y media un camarero pasaba y Shizu tomaba lo que tenía en la bandeja, sin importarle lo que mezclaba.

Más tarde Shizu fue hasta el mostrador por una bebida y sintió una mano cerrarse en su cintura, jalándola.

—No bebas, quédate conmigo —él la besó mientras pegaba su cuerpo al suyo.

Mitsu no podía resistirse a Shizu, parecía que ella exhalaba algo que lo dejaba queriendo más. Olvidando la razón, bajó la mano de la cintura hasta el costado de una pierna y con la otra le acarició suavemente el vientre.

Aquella caricia en su piel la despertó. Shizu lo empujó con fuerza y se apartó del muchacho al que no conocía y que quería acostarse con ella. Sin saber cómo actuar y adónde ir, corrió entre la gente y buscó la salida.

Corrió por la calle sin mirar atrás. No vio al hombre que se quedó parado en la calzada buscando a la joven con quien estaba. Corrió hasta sentir cansadas sus piernas y el estómago revolvérsele. Se sentó en un banco y lloró.

Se sujetó la cabeza con las manos mientras lloraba. No podía contener las lágrimas que porfiaban en escapársele allí, en medio de la calle. Trató de levantarse pero perdió el equilibrio, estaba demasiado borracha. Cuando cayó sentada en el banco sintió su celular en el bolso. Llamó a su tío pidiendo ayuda, no aguantaba más.