HITSUZEN







Volumen 14 - Capítulo 75

Culpa














¿Por qué pasó todo esto?, era todo lo que Shizu podía pensar mientras veía bajar el ataúd. No oía las palabras que le eran dirigidas y no sabía quién estaba a su lado sosteniéndole la mano. Sus ojos estaban fijos y su mente atrapada en el día de ayer, cuando llegó a casa para pasar el fin de semana.

Si Shizu creyó que estaba sufriendo por la forma en que su noviazgo terminó, el destino se encargó de demostrarle que no sabía lo que era padecer.

Al oír el grito de su hermano proveniente del despacho familiar, ella corrió y la escena que vio le iba quedar marcada en su mente por el resto de su vida. Su padre yacía en el suelo, sin respiración.

Después de eso no se acordó de nada más, ni cómo llegó a casa ni cómo se cambió de ropa para ir al entierro de Kissaburo. Su mundo se detuvo en el momento en que su padre murió en sus brazos.

Una por una cada persona que estaba en el cementerio se retiró, pero Shizu no vio nada. Sus ojos estaban fijos en el lugar donde su padre acababa de ser enterrado. Sayo y Hilde intentaron sacarla de allí pero Shizu se soltó y ellas aceptaron que necesitaba de más tiempo.

Shizu no tardó en quedarse sola frente a la tumba de su padre. Sus ojos se posaron sobre la flor que estaba allí, la misma que estaba en la tumba de su madre, al lado.

Las lágrimas que no salieron durante toda la mañana aparecieron tímidamente mientras Shizu leía las lápidas de sus padres. Su mente todavía se rehusaba a creer que todo aquello había pasado, no podía ser verdad. Kissaburo y Tori Akiba, amados padres, enterrados uno al lado de otro.

Una ráfaga de viento le agitó el pelo sobre la cara. La piel se le erizó de frío pero su mente lo ignoró. Nada la iba a sacar de allí.

Las piernas le fallaron y temblando Shizu cayó sentada entre los dos, ensuciándose de tierra el kimono que usaba. Se tapó el rostro con una mano, tratando de darse algo de seguridad a sí misma. La realidad la había golpeado fuertemente y el pecho le dolía. Las lágrimas y sollozos no eran suficientes para expresar lo que sentía y dijo:

—¿Por qué? Díganme, ¿por qué tengo que quedarme aquí sin ustedes? Otōsan, no deberías haberte ido ahora... —Shizu volteó el rostro—. Okaasan, sé que lo echas de menos pero lo necesito aquí... Necesito... a... mi... padre...

Las palabras se perdieron entre los sollozos y el llanto. Shizu sacudió la cabeza para negarlo. Quería despertar de esa pesadilla.

Con ojos empañados miró detrás de las lápidas de sus padres, en donde estaban enterrados sus tres hermanos. Shizu apenas se acordaba de ellos pero siempre le gustó ver las fotos en donde los tres muchachos jugaban con la pequeña princesa que nació entre ellos.

Allí estaba su familia, era allí donde quería quedarse, era allí donde ella pertenecía.

—¿Cómo pudieron abandonarme aquí? —el tono de voz de Shizu se volvió firme—. ¿Será que no merezco estar con ustedes? ¡Son mi familia! ¡No tenían ningún derecho de hacerme esto! —gritó resentida.

Shizu estaba sentada, esperando una respuesta que no iba a venir. Peleaba consigo misma por estar haciendo esto pero no podía evitarlo. Si no hablaba, si no se desahogaba...

Si pudiera ver a su padre al menos una vez más...

—Ni siquiera pude despedirme...

Se tendió en la hierba entre las tumbas de sus padres, con el rostro escondido entre los brazos.

Minutos u horas pasaron hasta que las lágrimas y los sollozos disminuyeron. Shizu no lo sabía y no le importaba el paso del tiempo.

Sintió pasos pero no levantó la cabeza. No quería hablar con nadie. Quería quedarse allí. Su lugar era con su familia, estaba en el lugar indicado.

A regañadientes Shizu sintió su cuerpo siendo incorporado y tuvo que quedarse sentada. Vio los ojos preocupados del hombre que su padre llamaría de hermano, si tuviese uno. Akiba Wataru le ofreció un hombro, que ella aceptó, y la envolvió entre sus brazos protectores.

Shizu se dejó llevar por el primo de su padre hasta el auto, la tarde ya estaba finalizando y su cuerpo estaba cansado. Tenía que irse a casa.


******


Al ver a Shizu entrar Asuya se levantó y abrazó a su prima, estaba muy preocupado. No quiso irse del cementerio pero su padre le dijo que tenía la obligación de ayudar a Yassu en lo que ella precisase. Se asustó cuando vio el estado en el que Shizu estaba, con la ropa y la cara sucia de tierra y el pelo lleno de pasto. Sus ojos estaban opacos.

Wataru guió a su sobrina hasta la casa y la hizo sentarse en el sofá. Le pidió a su hijo que avisase a Yassu que habían regresado pero Asuya dijo que tanto ella como Kiyo estaban durmiendo. Les había dado una poción para que descansasen.

—Dale una a Shizu también. No duerme desde ayer —le pidió Wataru.

Asuya iba a salir del living cuando vio a Hoitiro pasar frente a él con expresión seria y decidida. El instinto protector que tenía con Shizu lo hizo regresar. Vio en la mirada de su primo que éste iba a hacer algo. Estaba escrito en el rostro del chico la rabia que sentía por su hermana.

—¡TODO ESTO ES POR TU CULPA! —se paró enfrente de Shizu y puso un dedo en su rostro—. Mi padre murió de disgusto cuando supo que su hija mayor durmió con un tipo que no era nada suyo. ¡Deshonraste a la familia!

Las lágrimas caían por las mejillas de Hoitiro, que también sufría con toda la situación. Amaba a su padre, era su ejemplo, lo que deseaba ser cuando creciera. Ahora se había vuelto el hombre de la casa siendo demasiado joven y culpaba a Shizu de su dolor.

Con un gesto de la cabeza Wataru le indicó a su hijo que no se metiera. Aquello era entre hermanos y un día tenía que ser resuelto. No era el mejor momento pero sólo iba a interferir si era necesario.

Hasta el momento en que Hoitiro le gritó, Shizu no estaba oyendo ni sintiendo nada aparte de dolor. Las voces entraban ahogadas en sus oídos y hasta para caminar estaba siendo guiada. Pero la acusación que escuchó en boca de su hermano la hizo despertar. Con tanta rabia como la que veía en los ojos de él, Shizu levantó la cabeza y lo miró.

—¡Repite lo que dijiste, desgracia de hermano! ¡Dime lo que le pasó en realidad a nuestro padre! —espetó.

—Me llamó para conversar y sólo hablaba de ti, lo mucho que lo habías decepcionado —respondió Hoitiro—. Quería mi ayuda y le dije que no había más vuelta, que ahora eras algo usado y que nadie más te iba a querer.

Para sorpresa de todos en la sala, Shizu empujó a su hermano contra la pared y lo agarró del cuello con una de las manos. Con una fuerza que ella no sabía que poseía, alzó el cuerpo del adolescente y cerró un poco más la mano, haciendo que Hoitiro se debatiera intentando soltarse.

Los ojos negros y normalmente dulces de Shizu estaban relampagueando de odio. Ya no tenía por qué aguantar a su hermano, no había padre al que agradar, no necesitaba hacerlo más. Sin pararse a pensar apretó todavía más la mano, obligando a Asuya a interferir haciéndola soltar a Hoitiro, que cayó tosiendo al suelo.

—¡Desquiciada! —bramó—. Yo...

—Vas a pensar en tu madre e irte a tu cuarto —Wataru lo incorporó.

—¡Tú no eres mi padre! —replicó Hoitiro.

—¡AHORA!

Sin permitir ser contestado, Wataru observó a Hoitiro irse a su cuarto. Se volvió hacia Shizu, que estaba parada dejándose abrazar por Asuya y vio que tenía que hacer algo más que dejarla en casa. Allí no iba a tener la paz que ella necesitaba.

Iba a cumplir la promesa que le hizo a su primo cuando los hijos de éste fallecieron, iba a encargarse de su familia en caso de que le ocurriera algo. Cuando Kissaburo dijo esto, creyó que iba a sufrir la misma enfermedad que su esposa, pero aún cuando pasó mucho tiempo Wataru iba a mantener su palabra. Se encargaría de que Shizu pudiera descansar en los próximos días.