HITSUZEN







Volume 13 - Capítulo Extra

Chibi















En silencio ella observaba el movimiento que allí había. Los adultos entraban y salían, casi sin percatarse de ella. Había flores por todos lados, arreglos enormes y caros, diferentes de la belleza simple de las orquídeas de su ojiisan. Y paquetes de regalos, muchos, de todos los colores y tamaños, como nunca antes había visto en un cumpleaños. Las visitas desfilaban, personas que ella conocía de alguna fiesta que fue con su tía, personas que nunca vio antes, personas diferentes pero al mismo tiempo todas iguales, cuchicheando por los rincones o riéndose escandalosamente.

Sentada junto a la ventana del cuarto de sus padres, tan sólo observaba, preguntándose el motivo de todo esto. Si okaasan y otōsan estuvieran en casa podría preguntárselos. Pero ellos se habían ido, aunque toda esa gente se encargaba de la casa y de su rutina. Tal vez, por saber lo que estaba pasando, habrían huido. Huido y dejado a ella atrás.

O tal vez le habría pasado algo a su madre. Estaba grande y pesada, pasaba casi todo el día en cama... La niña hasta llegó a encontrarla llorando. Escondida en las sombras del corredor, oyó a su madre sollozar y sollozar mientras su padre intentaba llevarla de vuelta al cuarto. En su mente infantil sabía que vio algo que no debería haber visto, por eso permaneció muy quieta, los ojos grises sólo observando. Pero el pequeño corazón se le oprimió en el pecho al ver aquello.

Al día siguiente había despertado a su madre con un beso. Y entonces la mujer le dirigió la sonrisa más dulce y más gentil que ella recordaba y parecía que la escena de la noche pasada nunca había sucedido. Después de eso todos los días amanecía en la puerta del cuarto de sus padres y recibía a su madre con un suave beso en la mejilla.

Hasta que un día amaneció y nadie abrió la puerta. Y fue cuando las flores, los regalos y la gente empezaron a llegar.

No entendía lo que estaba pasando. Y nadie parecía dispuesto a explicárselo. En realidad nadie parecía siquiera notarla. Sólo las comidas continuaban siendo servidas, los criados cuidaban de ella cuando se sentaba sola en la mesa... pero ella no preguntaba. Y tampoco ellos hablaban.

Si Arashi-obasan no hubiera viajado llevándose a Touya consigo y si ojiisan no hubiese desaparecido también, entonces alguien habría respondido a las preguntas que ella no hacía.

—¡Kitty-chan!

Parpadeó cuando oyó el apodo con que su padre solía llamarla gritado por una voz infantil. Se levantó y miró por los alrededores durante unos segundos antes de que su voz se escuchase de vuelta.

—¡Kitty-chan!

Esta vez la pequeña Kitsune vio de dónde provenía la voz. Parándose de puntillas, se inclinó ligeramente sobre la ventana y miró el rostro sonriente de una niña que era prácticamente de su tamaño.

—Minamoto-san.

La sonrisa de la otra se transformó en un puchero y cruzó los brazos.

—Ya te pedí que me llames Rika, Kitty-chan —pero enseguida la sonrisa volvió a iluminar su faz—. Okaasan me lo dijo hoy. ¡Felicidades!

Kitsune estrechó ligeramente los ojos grises.

—Hoy no es mi cumpleaños.

Rika se echó a reír.

Baka! Te estoy felicitando porque ahora eres una nee-chan. Igual que mi Sayo-neechan.

Nee-chan?

Sintiéndose ya algo cansada por la posición en la que estaba, Kitsune se soltó de la ventana y se incorporó. Ahora que Rika lo decía, recordó que su padre le había dicho que pronto iba a llegar una chibi a casa. Entonces ¿era por eso que ellos se habían ido? ¿Y que todos esos regalos habían llegado?

—Fueron a buscar a imōto —murmuró pensativa para sí misma.

Pero ¿por qué estaban tardando tanto? ¿Y por qué no la habían llevado con ellos?

Mientras se preguntaba todo esto, unos pasos se acercaron por el corredor. Oyó una puerta siendo abierta y luego cerrada y después otra y otra, hasta que la puerta del cuarto en donde ella estaba se abrió y reveló el rostro pecoso de Minamoto Rika.

—¡Te encontré, Kitty-chan!

Ésta alzó la mirada y olvidó sus indagaciones por un minuto para mirar a la otra.

—¿Entraste por el hoyo del seto otra vez?

Rika sonrió y asintió.

—Es más fácil que venir por el portón. Menos caminata.

Kitsune no respondió. No tardó mucho en aprender que de nada servía discutir con Rika.

Anō... Rika-chan...

Los ojos oscuros de ésta brillaron de contento y posó las dos manitas en los hombros de Kitsune.

—Repítelo.

Kitsune la miró en silencio por unos segundos antes de asentir.

—¿Rika-chan?

—¡¡¡¡AHHHHHH!!!! Kawaii!!! —Rika prácticamente se arrojó a los brazos de Kitsune—. ¡Mi raposita me llamó por mi nombre de pila por primera vez! ¡Kitty-chan! ¡Estoy tan feliz!

Prácticamente estrangulada por los brazos de Rika, Kitsune suspiró. Bueno, probablemente fue adivinando que algo por el estilo iba a pasar que no usó aún su otro apodo, aunque Rika le hubiera insistido ya demasiadas veces. Finalmente, cuando ya se estaba quedando casi sin aire, Rika la soltó y la miró con ojos brillantes.

—Pero querías preguntarme algo, ¿no, Kitty-chan? —preguntó, inclinando la cabeza—. Me lo ibas a preguntar antes de que yo te detuviera.

Kitsune respiró hondo antes de mirarla con carita seria.

—¿Sabes adónde fueron a buscar mis padres a mi imōto? ¿Y si aún van a demorar mucho?

Rika la miró sorprendida por unos segundos.

—¿No lo sabes? Bueno, okaasan dice que todo el mundo nace de una semillita. Por lo tanto ellos deben de haber ido a recoger a tu imōto, ¿no es así?

La otra trató de imaginar por unos segundos cómo es que sus padres irían a recoger una imōto para ella, pero no tenía idea de cómo eso podía ser.

—¿Van a tardar mucho? —se vio preguntando nuevamente.

—Creo que no —respondió Rika confiada—. Mi mamá dijo que fue a visitar a tu mamá y que conoció a Kori-chan. Y que pronto van a venir a casa —quedó pensativa por unos momentos—. Hey, Kitty-chan, ¿me dejarás jugar con tu hermana?

—¿Mi hermana se llama Kori? —en vez de responder hizo otra pregunta—. ¿Cómo es ella, Rika-chan?

—No lo sé pero mamá dijo que se parece a ti —Rika sonrió—. Si es así debe de ser linda.

Kitsune asintió, su mente ya muy lejos de allí. El misterio estaba resuelto entonces. Sus padres iban a volver. Y con ellos iban a traer a una chibi, una imōto para ella. En poco tiempo iba a conocer a Kori-chan.

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Dos días pasaron sin que nada cambiase, excepto por el flujo de regalos y de gente. Pero esta mañana, cuando Kitsune despertó, no tardó en sentir algo diferente en el aire. Por unos segundos no supo identificar exactamente qué era.

Y entonces lo percibió. El aroma nauseabundo de flores que dominaba la casa se había ido. En su lugar había sólo una fragancia suave y reconfortante de orquídeas. Las orquídeas de ojiisan.

Prácticamente saltó de la cama al darse cuenta de ello. En su ansiedad ni siquiera se puso la bata gruesa sobre el camisón de franela, ni tampoco se calzó las pantuflas que ostentaban dos caritas sonrientes de zorro. Descalza y desaliñada, Kitsune abandonó el cuarto y fue hasta el cuarto de sus padres. Y se detuvo allí respetuosamente, como esperando una señal.

Del otro lado de la puerta se escuchaban murmullos. Poco a poco fueron creciendo en los oídos de Kitsune, formando una canción que era casi apenas una melodía. Y con sólo oír esos acordes suaves se sintió cómoda y caldeada y una sonrisa apareció en sus labios rosados. Ellos habían llegado. No necesitaba verlos para saberlo. Ellos habían llegado. Ella había llegado. Su imōto. Kori-chan.

—¿Kitty?

Ella se volteó bruscamente, parte del encanto rompiéndose. Parado frente a ella, ostentando un semblante medio soñoliento, medio confuso, estaba su padre, Yamamoto Masaru. Él la miró por unos segundos antes de que sus ojos oscuros brillaran ligeramente y se agachó con una sonrisa para tomarla de la cintura y abrazarla al mismo tiempo que la alzaba en brazos.

Otōsan? —llamó con voz seria, su expresión ya de vuelta a su habitual semblante.

Hai, Kitty-chan? —preguntó él sonriéndole.

—¿Por qué nadie me avisó que iban a recoger a Kori-chan? ¿No podía ir con ustedes?

Masaru parpadeó, ahora definitivamente menos soñoliento y más confuso.

—¿Recoger? ¿Quién te... —enseguida se echó a reír y meneó la cabeza—. Sumimasen, chibi. Las cosas pasaron demasiado rápido y no hubo tiempo de avisarte... Lo siento mucho.

Kitsune sólo balanceó la cabeza en respuesta. Él volvió a sonreír tranquilo y miró a su hija mayor con cariño.

—Kitsune... ¿quieres conocer a Kori-chan?

—¿Puedo? —preguntó ella sorprendida.

—¡Claro que sí! —se rió otra vez y la depositó de vuelta en el suelo—. Pero tenemos que hacer silencio, porque mamá está muy cansada, ne?

La pequeña asintió en silencio mientras su padre abría la puerta y revelaba entonces el cuarto sumergido en una suave penumbra. Allí el aroma de las orquídeas era ligeramente más fuerte, aunque más suave. A Kitsune le llevó un rato divisar con sus ojos grises un bulto tendido en la cama, al lado de un pequeño montoncito de paños que de vez en cuando parecía moverse.

Casi reverencialmente ella dio un paso para dentro del cuarto y se acercó al lecho. El bulto alzó medio cuerpo y se reveló la faz de Akiko. Kitsune se detuvo, percibiendo la palidez de su madre y las líneas de cansancio en su rostro joven. Pero Akiko sonrió al verla y extendió una mano en su dirección.

Ohayō, Kitsune-chan.

Kitsune titubeó por unos segundos hasta que sintió los brazos de su padre levantándola nuevamente. Masaru le sonrió y la depositó en la cama.

—No tienes por qué tener miedo, chibi —se dirigió a su esposa—. Estaba parada en la puerta... deseando conocer a Kori-chan.

Akiko asintió sin dejar de sonreír y, extendiendo nuevamente la mano, acercó a su hija primogénita hasta su regazo. Kitsune se dejó llevar sin resistencia y disfrutó del calor corporal de su madre en silencio, los ojos fijos en el montoncito de ropa que se movía bien enfrente suyo.

Masaru por su parte se arrodilló al lado de la cama y con extremo cuidado retiró parte de los paños para revelar a los ojos extasiados de Kitsune la criatura más frágil y delicada que la niña jamás hubiera visto. Era tan pequeña que hasta podía caber en sus brazos infantiles y tenía la piel tan blanquita que hasta se podían ver las venitas que recorrían su cuerpo. Kitsune incluso podía oír claramente la respiración acompasada de su hermana.

Cuando sintió movimiento sobre ella, Kori abrió los ojos, pequeños y casi totalmente tomados por los iris negros, iguales a los de Masaru. Kitsune gateó abandonando el regazo de su madre y se acercó para ver mejor a su hermanita. Y como si lo hubiera adivinado, Kori entreabrió la boca y fijó los ojos oscuros en el rostro de la otra antes de soltar un estornudo.

Kitsune parpadeó y miró a sus padres, como queriendo saber si tenía permiso para acercarse más. Ellos tan sólo sonrieron. Entonces ella se sentó con las piernas cruzadas, se inclinó y con cuidado sacó la manita de Kori fuera de su envoltorio. Los dedos de la pequeña se cerraron alrededor de su índice y Kori abrió nuevamente la boca para hacer pequeños ruiditos, como si se estuviera riendo.

—Entonces, Kitsune —la llamó Masaru con voz suave, casi en un susurro—, esta es tu imōto. Tendrás que cuidar de ella de ahora en adelante, ne?

Kitsune volvió su atención a su padre y después a su madre.

—Prometo que voy a cuidar de ella. Y los voy a cuidar a ustedes también.

Masaru la miró sorprendido mientras Akiko sonreía divertida. Kitsune volvió a enfocar su atención en su hermana y esbozó una sonrisa parecida a la de su madre.

—Voy a proteger a todo el mundo. Ne, Kori-chan?

Aún sosteniendo el dedo de su onee-chan, Kori respondió con otro de sus gorgoritos. Y entonces estornudó.