HITSUZEN







Volumen 13 - Capítulo 68

Orquídea















Trabajar la tierra era siempre reconfortante. Allí no había nadie ante quien fingir, no había intrigas ni enredos políticos. Estaban sólo ella y las flores.

Kitsune jadeó, algo cansada, mientras abonaba una última maceta. Se había pasado toda la tarde haciendo ese trabajo. Podía ver a través de las paredes de vidrio del vivero que afuera el sol comenzaba a ponerse entre las colinas que rodeaban Suzuko. Aún así estaba satisfecha. Le gustaba ocuparse del orquidario, especialmente porque, durante el período de clases, quedaba un tanto descuidado. Incluso su abuelo ya no cuidaba tan bien las flores como ella.

podía culparlo. Él había ordenado construir el orquidario para su fallecida esposa y los sirvientes decían que Etsuko solía pasar mucho tiempo en el invernáculo. Aquel lugar era probablemente una fuente de recuerdos para Yamamoto Kotaro. Buenos o malos, eran seguramente recuerdos dolorosos de cargar. Su abuelo jamás se volvió a casar; crió a sus tres hijos solo... A pesar de haber sido un matrimonio concertado, él ciertamente amó a su esposa.

La joven sonrió ligeramente mientras contemplaba la orquídea blanca que tenía frente a sí. Los pétalos estaban brillantes con las pequeñas gotas de agua con la que la regó. El perfume que se desprendía era tan suave...

El sonido de la puerta abriéndose le hizo levantar la cabeza y desviar la mirada para encontrarse con un sonriente Mihara Haruhiro acercándose a ella.

Konnichiwa, Kitsune —la saludó.

—¿Qué haces aquí, Haruhiro? —preguntó y volvió nuevamente su atención a la planta, ahuecando la tierra con cuidado.

Haru meneó la cabeza ante la “amabilidad” de ella mientras la miraba atentamente. El delantal estaba sucio de tierra, así como los gruesos guantes que cubrían las manos que él sabía eran pálidas y de largos dedos. El cabello usualmente suelto y arreglado lo tenía recogido de cualquier manera en lo alto de la cabeza, dejando escapar varios mechones sobre la cara ligeramente sudada de su dueña.

—Tienes una sensibilidad admirable con las plantas, Kitsune —señaló Haru mientras se sentaba enfrente de ella—. Pero dejas que desear en tu trato con los seres humanos.

—No me gusta que me interrumpan cuando estoy aquí —respondió ella, soplándose un mechón que se le había caído exactamente entre los ojos—. Ya lo sabes.

Haru la miró continuar soplándose, fracasando en hacer que el pelo volviera a su lugar, y, sin pensar en lo que hacía, alzó la mano para retirarle el mechón y colocárselo detrás de la oreja. Sus dedos resbalaron sobre las mejillas de la muchacha y extrañamente su piel cálida hizo que el pulso se le acelerara.

La muchacha apenas levantó la mirada gris hacia él para observarlo con ínfima curiosidad.

—¿Qué es lo que quieres, Haruhiro? —repitió, esta vez con más suavidad.

Apartando la mano, Haru la metió en el bolsillo trasero del pantalón y le entregó algo parecido a un pergamino enrollado y ligeramente arrugado.

—Vine a traerte esto —respondió—. Feliz cumpleaños, Kitsune-chan.

Sin llegar a responder, ella se quitó finalmente los gruesos guantes de goma para recibir el regalo. Extendió la hoja, que resultó ser en realidad un pequeño lienzo. Pintado delicadamente en acuarela estaba un parterre completamente cubierto de flores y en el centro una silueta femenina vestida de blanco.

—¿Fuiste tú quien lo hizo? —preguntó Kitsune alzando los ojos para mirarlo, a lo que recibió una señal de asentimiento. Sonrió a medias e inclinó la cabeza—. Te quedó muy lindo. Arigatō gozaimasu.

Haru sonrió orgulloso pero no llegó a responder. El ruido de la puerta abriéndose volvió a llenar el espacio entre ellos y al segundo siguiente apareció Yamamoto Kori.

La hermana menor de Kitsune era una copia en miniatura de ésta excepto por los ojos, un poco más grandes y negros como la brea. Incluso en el temperamento eran muy parecidas, aunque Kori era considerablemente más suave.

La niña se quedó parada en la puerta por unos segundos mirando a la pareja, como si se estuviera disculpando por algo, antes de entrar por fin y dirigirse a su hermana.

—Chise-san te está llamando para comer torta de cumpleaños, nee-chan. Touya fue a llamar a Rika-chan y a Sayo-chan.

Kitsune le sonrió a la pequeña, una sonrisa más dulce y amplia que cualquiera que Haru vio antes. Sintió nuevamente el pulso acelerársele y, cuando la Raposa volvió a mirarlo, se preguntó si no lo estaría escuchando.

—¿Quieres venir también?

Mihara casi dio un suspiro de alivio al ver que no, ella no estaba escuchando su corazón, aunque él sentía los latidos en los oídos. Sonriendo de forma juguetona, se levantó y se dirigió a Kori:

—Jamás rechazaría una invitación como ésta —respondió, inclinándose junto a la pequeña—. Genki desu ka, Kori-chan? Has crecido desde la última vez que nos vimos.

La pequeña se ruborizó ligeramente.

Arigatō, Haru-kun.

—Parece que alguien fue hechizado por el encanto de los Mihara —señaló Kitsune con una sonrisa divertida mientras se paraba detrás de Haru, ya sin el delantal que usaba para trabajar en el invernadero.

Onee-chan! —Kori ahora estaba completamente colorada.

Su hermana se echó a reír y le acarició el pelo liso antes de tomarla de la mano.

—Vámonos, Kori —respondió—. ¿De qué es el pastel?

—De fresas —respondió la niña, aún tímida cuando Haru se reunió con ellas.

El trío atravesó el césped en dirección a la casa principal de la Villa Yamamoto. Chise, el ama de llaves, estaba afuera con los brazos en jarras. A su lado Rika las esperaba y, tan pronto vio a su raposita, salió corriendo y abrió los brazos para prácticamente saltar sobre Kitsune, que por muy poco no se cayó de espaldas.

Omedetō gozaimasu, Kitty-chan! —exclamó saltando mientras abrazaba a su amiga con fuerza.

—Así la vas a matar, Rika —señaló Sayo, acercándose también seguida por Touya.

Éste le dirigió una mirada curiosa a Haruhiro. ¿Su amigo estaba con Kitsune? Había ido a buscarlo a la casa de los Mihara pero le dijeron que había salido temprano. ¿Qué estaría tramando? Por la expresión un tanto desafiante con que el otro le respondió, supo que no iba a obtener una respuesta.

Sin embargo al percibir que Kitsune llevaba un rollo de papel no tardó en descubrir lo ocurrido. ¿Cuáles serían las probabilidades de que Haru hubiera entendido la naturaleza de sus sentimientos?

Sonrió para sus adentros al tiempo que tenía un recuerdo fugaz del rostro de Otsu. Si tenía suerte, el día en que Kitsune y Haru estuviesen juntos su prima ablandaría un poco su forma de ser y aceptaría a la hime como su “cuñada”. Sólo esperaba que ese día no estuviera lejos. Quería que los dos fueran tan felices como él lo estaba siendo últimamente.

Quién sabe si en el futuro no estarán todos juntos celebrando otras fechas felices?