HITSUZEN







Volumen 13 - Capítulo 65

Cosas que enseñar














El tiempo frío dio una tregua ese día. Un débil sol brillaba en el cielo, calentando un poco el fuerte invierno, pero no lo suficiente para derretir la nieve o el lago de hielo que servía de pista de patinaje para niños, adolescentes y adultos. Hoy era el día perfecto para patinar y mucha gente de Suzuko tomó la misma decisión que la pareja que acababa de llegar.

Tooru no estaba muy contento de ver a tanta gente. Ni el lago ni alrededor del mismo estaban llenos pero prefería compartir menos su novia con miradas ajenas. Volteó la mirada hacia Shizu, que se apoyaba en su brazo.

Caminaron hasta uno de los bancos que quedaban más cerca del hielo y se pusieron los patines. Kou fue más rápido y ya estaba en la pista cuando Shizu se levantó. Ella lo miró sonriendo tontamente. Tooru sabía patinar y muy bien.

Lo vio acelerar y correr por todo el hielo, esquivando fácilmente a la gente. No sabía que era tan buen patinador.

Después de hacer calentamiento Kou dio la vuelta y se paró frente a su novia, quien parecía ligeramente titubeante en unirse a él en la pista. Le extendió la mano con una sonrisa invitadora.

—¿Vamos a patinar? —preguntó en tono caballeroso.

Pudo notar que el rostro de Shizu se volvió más concentrado de lo normal para alguien que solamente tiene que ir hasta el hielo y patinar. Shizu caminó lentamente sobre la nieve blanda y se paró bien al borde del hielo. Ahí era su peor momento: entrar en la pista sin caerse. Tooru se preguntaba cómo alguien que tenía tanta elasticidad y equilibrio en la danza podía ser una negación tan grande en el hielo.

Lo que Shizu tanto deseaba que no pasara frente a su novio pasó. Puso el primer pie en el hielo, pero al levantar el segundo su cuerpo se inclinó hacia delante y sólo no terminó en el suelo porque los brazos de Tooru la sujetaron.

Él la atrapó casi en pleno aire y dejó que ella acomodase todo el peso contra su pecho. Con una sonrisa, pensó lo adorable que ella podía ser incluso en un momento de tanta torpeza.

—No voy a dejarte caer, Shizu-chan. No te preocupes.

—Soy un poco... en realidad no sé muy bien... —respondió ella, ligeramente ruborizada por el frío y la vergüenza.

Tooru se apartó ligeramente de ella y puso las manos sobre los hombros de Shizu para que ésta mantuviera el equilibrio. Depositando un beso en su frente, le dijo con suavidad y determinación:

—No tienes por qué avergonzarte. Ya que estamos aquí será un placer enseñarte a patinar —soltó una mano del hombro de Shizu para posarla en su mejilla y continuó—: Sé que vas a aprender rápido y hacerme sentir orgulloso de ti, como siempre... Y va a ser una excusa perfecta para estar abrazados.

Shizu se incorporó y se recogió el pelo. No quería tener que preocuparse por los mechones tapándole la visión. Se volvió hacia Tooru y respondió:

—Entonces guíame. Soy toda tuya —sonrió.

Tooru no respondió a ese comentario, tan sólo sonrió presumido y prefirió guardarse las diferentes connotaciones que la frase de Shizu podría evocar. Ya las podría usar en el momento apropiado.

Colocó una mano en la cintura de ella y con la otra le sostuvo la mano, para entonces comenzar a guiarla, deslizándose lenta y cuidadosamente sobre la superficie congelada.

Sintiéndose segura en los brazos de su novio, Shizu se dejó llevar en el hielo. En algunos momentos él la soltaba despacio pero sin darle margen a caerse. Al ver que su equilibrio mejoró Tooru la dejó andar sola, aunque le pidió que no corriese.

Viendo que Shizu ya había evolucionado otro poco, quiso enseñarle a hacer la curva sin necesidad de detenerse y voltear el cuerpo. Los dos se detuvieron en la lateral de la pista.

—Espera aquí y obsérvame —le dijo Tooru.

Le mostró lentamente qué debía hacer pero cuando se volteó hacia Shizu apenas tuvo tiempo de advertirla: una niña que no pudo parar se aferró a Akiba, quien cayó al suelo junto con ella.

Kou corrió rápidamente en dirección a ellas. Tomó en brazos a la chiquilla, que debía de tener unos cinco o seis años, y con la mano libre incorporó a su novia.

—¿Estás bien? —preguntó dirigiéndose a Shizu mientras la pequeña lloraba con la cabeza enterrada en su hombro.

La joven asintió con la cabeza, también preocupada por la niña. La pareja vio a la madre patinar hasta ellos para luego pedirles disculpas. Tooru meneó la cabeza y le dirigió a la mujer una sonrisa capaz de derretir la helada más intensa que pudiera existir.

—No necesita disculparse, no ocurrió nada grave. No parece estar lastimada, sólo un poco asustada.

Cuando la niña y su madre se alejaron, Shizu se volvió hacia Tooru, pasándose la mano en la zona lumbar.

—Creo que será mejor concluir la clase de hoy.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo él mientras se acercaba a la muchacha y la tomaba nuevamente de la cintura para encaminarse a la salida de la pista.

Cuando estaban bien cerca de los bancos, Tooru se inclinó y le murmuró a Shizu en el oído:

—Mis padres no van a estar en casa hoy... Si quieres puedo darte otras lecciones, en las cuales te puedo guiar y hacer toda mía.

Una leve sonrisa afloró a los labios de Shizu al oír la propuesta. Sintió un frío en la barriga junto con un estremecimiento en el cuerpo. Sentía eso siempre que él le hablaba de ese modo, bien cerca del oído.

Volteó la cabeza y le dio a Tooru un fugaz y juguetón beso en el labio inferior.


*****


El cuarto estaba semioscuro, con la suave luz de la lámpara iluminando a la pareja que estaba tendida en la cama.

Shizu estaba recostada en el pecho de Tooru, jugueteando con los dedos sobre el abdomen de éste. Tooru sonrió al ver lo que ella hacía. Tomó su mano y se la levantó un poco para contemplar los delicados dedos.

—Cada día que pasa te adoro más y más, Shizu. No podrías ser más perfecta de lo que ya eres.

La joven lo miró con ojos brillantes y el beso cálido que él recibió fue la respuesta. Shizu inclinó el cuerpo y se pegó a Tooru. Él la apartó un poquito para sostenerle el rostro entre sus manos y le dijo suavemente:

—Pasa la noche conmigo, por favor.

El semblante de Shizu adquirió una mezcla de felicidad y un poco de preocupación.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

—Me encantaría —lo besó y después se sentó—. Voy a avisar a mi madre.

Kou la miró levantarse en dirección a su bolso y sonrió satisfecho, pensando que cuando todo esto comenzó, no llegó a imaginar que estar al lado de Akiba iba a ser mucho mejor de lo que había supuesto.