HITSUZEN







Volumen 12 - Capítulo 64

Paradoja














Era paradójico que un cuerpo tan pequeño y de movimientos tan delicados pudiera contener tanta fuerza. Él nunca había podido comprender la gracilidad de su amiga en una lucha y no creía poder entenderlo tan pronto.

Curioso era pensar que la misma mano que empuñaba firmemente el mango de una katana podía ser tan suave y cálida apoyándose en su brazo.

Por el rabillo del ojo Haruhiro observó a su acompañante mientras los fuegos artificiales que anunciaban la llegada del nuevo año estallaban sobre ellos. La tez pálida de Kitsune reflejaba los colores que explotaban en el cielo, sus ojos grises más brillantes de lo normal. Los labios, profundamente rojos, estaban entreabiertos, pequeñas nubes formándose con su respiración.

Parecía todavía más frágil envuelta en el kimono perlado, contrastando con el negro de su pelo recogido en un peinado tradicional.

—¿Qué miras, Haruhiro? —preguntó Kitsune, volteando completamente la cabeza hacia él para mirarlo con sus ojos claros e intensos.

El joven Mihara sintió un ligero rubor al darse cuenta de que había sido pillado, pero eso no le impidió responder con una amplia sonrisa, típica de él.

Gomen, Kitsune, pero es que estás especialmente adorable esta noche —le guiñó un ojo para luego desviar su atención hacia la figura de otra joven que, desde no muy lejos, los miraba con desmedida atención—. Rika tiene algo de razón, no debería estarles privando a los demás de tu compañía. Qué puedo decir, soy egoísta... —volvió a mirarla con una sonrisa ahora más serena—. No pretendía incomodarte, Kitty. Lo siento mucho.

Ella alzó los ojos al cielo nuevamente.

—No me molesta, Haruhiro. Siempre estás mirándome; en cierta forma ya estoy acostumbrada —dijo solamente, dejándolo así ligeramente perdido con el significado de sus palabras.

Soltando un suspiro, el chaval volvió también su atención al espectáculo de los fuegos artificiales, ya casi llegando a su fin.

Fin también de la fiesta. Dentro de no mucho rato los invitados comenzarían a retirarse. La joven que lo acompañaba sería muy probablemente una de las primeras en irse —ninguno de los Yamamoto tenía aprecio por ese tipo de ocasiones, asistían a las recepciones formales sólo porque no podían escapar de las tradiciones—.

Absolutamente consciente de su presencia, no le pasó desapercibido a Haruhiro cuando un temblor sacudió casi imperceptiblemente el cuerpo de Kitsune. Le había prestado más temprano el abrigo de su madre, pero aún así el manto de piel que tenía ahora la joven sobre los hombros era demasiado fino para el frío que estaba haciendo.

—¿Kitsune? —la llamó, desenlazando su brazo para jalarla apenas hasta colocarla frente a él, una de sus manos posándose casualmente sobre la cintura de la muchacha—. Si te quedas delante de mí podrás resguardarte un poco más del viento.

Ella respondió con una media sonrisa.

Arigatō, Haruhiro.

Éste también sonrió y meneó la cabeza.

—No hay de qué, Kitsune.

En el cielo, las últimas luces de los fuegos artificiales se apagaron: estaban oficialmente en un nuevo año... Y para Haru, con la figura de su amiga tan cerca de él, no podía estar comenzando de mejor manera.