HITSUZEN







Volumen 11 - Capítulo 57

Rescate














La joven comenzó a sentir un peso en los ojos y las sienes le empezaron a latir. Otsu no tenía idea de cuánto tiempo hacía que estaban tratando de mantener la estructura del subterráneo lo más intacta posible. Podrían haber transcurrido tan sólo unos minutos, tal vez algunas horas, o incluso más de la mitad del día. No sabía decirlo... Lo único que sabía era que comenzaba a sentirse exhausta. Estaba gastando demasiada energía en ese hechizo, aun cuando ella y Touya compartían la carga.

Posó los ojos escarlatas en él. Incluso bajo la parca iluminación de las luces de emergencia, la apariencia del adolescente no era de las mejores. Aún así Touya le sonrió y murmuró con cierto esfuerzo:

—Todo va a salir bien.

Otsu se esforzó en devolverle la sonrisa, deseando realmente creer en las palabras de su novio. Después del momento inicial en que intentaron descubrir cómo abrirse camino hasta la superficie, se resignaron al hecho que estaban sin salida y sólo les quedaba esperar ayuda externa... Y así esperaron. Desde la oscuridad ella podía escuchar algunos murmullos provenientes de la demás gente que estaba atrapada allí, algunos llorando, otros consolando, varios otros ofreciendo oraciones a los cielos.

Los magos no tenían ningún Dios al que aferrarse, muchos de ellos adoptaban algunas de las religiones que habían sido creadas entre los nashi atae. De todos modos había una creencia entre la mayoría de los magos orientales: en sus rezos generalmente se apegaban a sus antepasados, creyendo que los espíritus de los que se habían ido continuaban guardando a los que amaban desde dondequiera que estuviesen.

Pero los dos no tenían ese consuelo. Otsu podría todavía intentar aferrarse a la imagen de Kaede, pero Touya no sabía de nadie a quien pudiera hacerle una oración... y aunque hubiera alguien a quien pedir protección, él sentía que sería una tontería hacerlo.

En ese momento, por más dolorosa que pudiera sonar esta verdad, ellos sólo podían contar con ellos mismos. Los milagros no ocurrían sólo porque ellos lo desearan y todavía pasaría un tiempo antes de que cualquier tipo de rescate llegase a ellos.

Aunque intentaba brindarle algún —cualquier— consuelo a su novia, él sabía que estaba muy cerca del límite. Otsu no podría mantener la barrera sola. Si él perdía la conciencia...

Los ojos le ardían con el polvo que se levantó con los primeros derrumbes, después que las alarmas antiincendio cesaron. Pero no podía limpiárselos: no podía perder la concentración... ni por un segundo.

Pasó un tiempo más. Cuánto, ninguno de los dos supo estimarlo. Minutos u horas, no importaba; con cada segundo ellos se sentían más cerca del agotamiento. Fue entonces que una pequeña rendija de luz surgió entre los escombros e iluminó la plataforma, revelando los ladrillos del suelo. Una voz gritó preguntando si estaban todos bien.

Touya sintió ganas de reír. Si Haruhiro estuviera allí ciertamente saldría con un «¡por fin llegó la caballería!», pero Touya no era capaz de hacerlo... al menos no por ahora.

—Son bomberos —señaló Otsu con voz entrecortada—. Vinieron.

—Pero no podemos quitar la barrera aún —respondió Touya, cansado—. Toda la estructura está precaria; esta estación es una de las más antiguas de la ciudad, por eso no tiene refuerzo en caso de terremotos.

Ella lo miró seria.

—¿Cuánto tiempo tenemos todavía?

El otro suspiró.

—Si paramos ocurrirán otros derrumbes. Los bomberos tendrán que comenzar el trabajo otra vez, pero antes de que logren hacer algo el techo se habrá desplomado completamente.

—Tendremos que ser los últimos en salir entonces.

—Y tenemos que movernos de aquí también. Estamos demasiado cerca de la entrada; vendrán directo a nosotros cuando comiencen el rescate —continuó—. ¿Puedes levantarte?

Ella asintió brevemente. Touya miró la mano de la hime sobre la suya por unos segundos.

—Si nos levantamos juntos no podremos mantener la magia. Ahora... cuando cuente hasta tres, vas a correr hasta la pared del fondo y retomarás el encantamiento. ¿Crees que podrás aguantar unos segundos sola para que yo también pueda ir?

Otsu respiró hondo y asintió, aunque no estaba segura de si era verdaderamente capaz de hacerlo en las condiciones de agotamiento en las que se encontraba. Tenían que esforzarse un poco más... sólo un poco más.

Sintió voltearse la mano que estaba debajo de la suya, de modo que las palmas de ambos se conectaron por algunos minutos, cubiertas de sudor frío. Enseguida, inclinando la cabeza hacia delante, Touya capturó sus labios.

El gusto para ambos fue amargo y punzante. Aún así fue suficiente para infundir algún aliento... más que cualquier palabra que pudieran emplear para esta ocasión.

—Uno... dos... —comenzó, separándose de ella y mirándola sumamente preocupado—... ¡tres!

La hime se puso en pie prácticamente de un salto y corrió hasta el muro opuesto de la salida. Por algunos segundos el suelo bajo sus pies pareció temblar nuevamente y mucha gente gritó. Apoyó las manos contra la pared, cerró los ojos y conjuró toda la fuerza que le quedaba, sintiendo el poder fluir a través de sus manos y quemándole ligeramente las palmas.

Otsu apretó los dientes y sintió pequeñas lágrimas empañarle la visión. Nuevamente el suelo tembló, esta vez un tanto peor, antes de que Touya prácticamente se arrojara de espaldas contra la pared, el colgante formando un halo cada vez más grande entre sus manos.

Los minutos pasaron. La entrada se fue agrandando poco a poco y el gentío se fue aglomerando junto a ella, los rostros de los bomberos comenzaron a aparecer recortados contra el cielo gris de afuera, los sonidos del caos penetrando en el subterráneo.

La joven pareja fue efectivamente la última en dejar la estación, tomados de la mano y a pasos lentos... Y en el momento en que la plataforma fue completamente evacuada, todo se desplomó.

Gritos, polvo, oraciones de agradecimiento. No muy lejos de ellos una señora lloraba.

—Fue un milagro. ¡Sólo un milagro puede explicar esto! ¡Dios sostuvo las paredes hasta que estuvimos todos a salvo!

Touya y Otsu se miraron y él sonrió débilmente. Había una ambulancia allí cerca atendiendo a los heridos. Los dos fueron conducidos hasta allí y recibieron primeros auxilios rápidamente.

Excepto por el cansancio estaban enteros... Tal vez haya sido un milagro realmente. No tardaron mucho en ser liberados.

—¿Y ahora? —preguntó Otsu cuando empezaron a alejarse de la estación y de la multitud de curiosos que se amontonaba allí.

—A casa —respondió él con sencillez—. Vamos a casa.