HITSUZEN







Volumen 10 - Capítulo 53

...tormenta










—¿Por qué estás arrancando las hojas? —preguntó Kori mientras observaba el trabajo de su hermana.

Kitsune alzó ligeramente la mirada y la posó en su hermana. Estaban las dos solas en el invernáculo desde primeras horas de la mañana, cuidando de las orquídeas. Se sentó en el banco junto a la niña y depositó la tijera sobre la mesa.

—Tenemos que podarlas para que crezcan. Eso las hará más fuertes y lozanas.

—¿Es por eso que tenemos que cortarnos el pelo? —replicó Kori seria.

La otra la miró sorprendida antes de sonreír de medio lado. Kori era muy parecida a ella misma a esa edad. Por un momento Kitsune se acordó de sí, pequeña, oyendo compenetrada a Rika afirmar que sus padres habían ido a buscar una imōto para ella.

—Nos cortamos el pelo por una cuestión de higiene y gusto personal. No sé si las orquídeas pensarán en la poda de ellas como un corte de pelo, pero tal vez tengas razón...

Volvió su atención nuevamente a la planta que estaba cuidando y se levantó del banco. Pero lo hizo demasiado rápido y por un momento sintió la cabeza darle vueltas y la tijera se le escurrió entre los dedos.

Kitsune sintió un corte en el dedo y oyó a Kori soltar un gritito asustado, al tiempo que le agarraba la mano y la forzaba a sentarse.

—¡Te lastimaste! —Kori se mordió ligeramente los labios—. Estás sangrando.

—No es nada —respondió Kitsune sacudiendo la cabeza, un tanto azorada por la preocupación que su hermana demostraba—. Fue un corte pequeño, está bien...

—Pero la tijera estaba sucia. Se te va a inflamar si no lo tratas —la pequeña rápidamente giró sobre sus talones, sacó un pañuelo del peto que usaba y lo mojó en el balde de agua que usaron antes para regar las plantas.

Con una sonrisa la joven dejó que su hermana tratara la pequeña herida con desvelo y cuidado. Kori ató el pañuelo al dedo para restañar la sangre y observó enseguida la cara de su onee-chan con atención.

—¿Te duele?

—¿Qué te duele? —otra voz se sobrepuso a las de las dos hermanas.

Éstas se voltearon al mismo tiempo y se encontraron con Rika en la puerta del orquidario, mirándolas con curiosidad.

—Kitsune-neechan se cortó —respondió Kori antes que su hermana pudiera detenerla.

Los ojos de Rika se abrieron como platos y al segundo siguiente Kitsune se vio rodeada por su amiga, que la miraba casi con desesperación.

—¿Estás bien? ¿Te duele? ¿En dónde fue?

En vez de responder Kitsune tan sólo alzó el dedo, mostrando la venda un tanto desproporcional a la lastimadura. Viendo que su querida Raposa ya había sido tratada, Rika pareció calmarse un poco y se sentó junto a ella.

—¿Ya saben lo que pasó? —preguntó seria.

—Estamos aquí desde el desayuno —replicó Kitsune—. Si no pasó aquí dentro, entonces no creo que sepamos nada.

—Hubo un terremoto en Asahikawa —reveló Rika—. Y parece que fue uno relativamente grande... Hay muchos heridos y... Kitty-chan, ¿adónde vas?

Kitsune prácticamente se había levantado de un salto, como si hubiera recibido un shock. Kori también tenía el semblante en shock.

—Touya-kun... —murmuró Kori, alzando los ojos negros hacia su hermana.

Ésta rápidamente salió del vivero, tratando de controlarse para no correr mientras sentía el corazón acelerársele. Rika y Kori permanecieron allá y la pequeña Yamamoto le reveló a su vecina que Touya había salido esa mañana temprano a Asahikawa.

Algo sonó en la cabeza de Rika, una alerta insistente y preocupada. El día de ayer, cuando fue a visitar a Otsu en la Villa Myrai, tuvo la impresión de ver... Estaba casi segura que, cuando estaba llegando, era Touya quien se iba apresurado de la villa de las videntes.

Otsu... ¿Otsu estaba en Suzuko?

Rika salió despavorida del orquidario en el mismo momento que Kitsune penetraba en la sala de estar de la casa que Yamamoto Arashi ocupaba en la Villa Yamamoto. El grito de dolor que ella oyó proveniente de los corredores que conducían a los aposentos personales de la mansión hizo que su cuerpo se paralizara, con la sangre latiendo en sus oídos... Aquella voz pertenecía a su tía.

Paso a paso Kitsune se acercó y oyó la voz de otra persona: su padre.

—No sirve de nada, Masaru. Él no está respondiendo al teléfono.

Nee-san... —llamó él, tratando de consolarla de alguna manera, sabiendo que nada que dijera podría ayudar a su hermana.

Por una rendija de la puerta Kitsune vio a su padre agacharse en el suelo y abrazarse a Arashi, que estaba de rodillas y con la cabeza colgando sobre el pecho. Ella se dejó envolver, llorando silenciosamente sobre su hombro.

—No voy a soportar perderlo a él también, Masaru. No voy a soportar pasar por todo esto nuevamente...

La joven se mordió los labios con fuerza, comprendiendo de alguna manera que su tía estaba hablando del padre de Touya. Eso significaba que quienquiera que fuese el hombre, estaba muerto.

Touya no lo sabía... y tal vez jamás lo sabría.

Se apoyó contra la puerta y cerró los ojos. En una oración silenciosa Kitsune pidió a cualquier dios que existiera en los cielos que protegiera a su primo... su hermano.