HITSUZEN







Volumen 10 - Capítulo 51

"Be my Valentine"










Silencio... Así era buena parte de la casa de las Myrai en Suzuko, como un templo sagrado en el que apenas se oía los pasos de los criados. Silencio y soledad... eran los recuerdos más grabados de Otsu-hime cuando pensaba en el lugar donde creció. Sin embargo aquel sosiego no la oprimía. Cuando estaba en casa, a excepción de las veces en que compartía su tiempo con Tomoe-obasan o Carrot-chan, la joven disfrutaba de aquella paz palpable.

Las vacaciones eran la época de entregarse a los libros, a la música, a la pintura... Eran días tranquilos que se deslizaban sin que le recordasen sus obligaciones de heredera, todo lo que debería hacer... Y ella se dejaba llevar por aquella calma, suave como la melodía que extraía en ese momento de las cuerdas del koto que heredó de su fallecida abuela Kaede.

Otsu sonrió, sintiéndose bien consigo misma. Intentaba descubrir lo que le estaba pasando, pero a decir verdad la tristeza que pulsaba constante e insistentemente dentro de ella había disminuido. Había esperanza de algo mejor, aunque todavía no supiera qué podría ser.

Concentrada en la música, la hime notó una ligera desentonación en la melodía. Dejó de tocar el instrumento pero una melodía insistente y trinada permanecía en el recinto. Al mirar en dirección a la ventana, Otsu vio un pequeño ruiseñor en el pretil. Demasiado pequeño para ser real, pero suficiente para engañar de lejos. Abrió el postigo y permitió que la pequeña ave se posase en su mano. En pocos segundos el ruiseñor se desvaneció dando lugar a un pedazo de papel... Una nota.

Los ojos escarlatas leyeron curiosos su contenido. Era de Yamamoto Touya. Sonrió nuevamente, esta vez de forma más amplia. Después que los dos se besaron no tuvieron oportunidad de hablarse a solas en los días posteriores: tan cerca estaban de las vacaciones que siempre había un compromiso que les robaba tiempo y les impedía hablar. Por lo que a Otsu le concernía, no fue por falta de tentativas de ambas partes.

Todavía no le había contado a Rika del beso, pues deseaba hablar con Touya primero. No quería crear expectativas de algo de lo que no estaba segura... Pero ahora tenía en sus manos un recado suyo. Yamamoto Touya quería encontrarse con ella. Otsu sintió una cierta ansiedad al pensar en ello.

Tomó un trozo de pergamino de encima de la mesa de la sala en la que estaba. Escribió rápidamente la respuesta marcando el lugar y la hora exacta en que podrían encontrarse. Dejó que un soplido cálido y suave saliera de sus labios sobre el origami que acababa de hacer con la nota. Un frufrú de pequeñas plumas llenó el ambiente y al segundo siguiente un pequeño ruiseñor, idéntico al que entró allí más temprano, salió volando rápidamente ventana afuera.


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Era víspera de Navidad. La noche estaba helada y Touya caminaba con pasos apresurados, las manos en los bolsillos, tratando de calentárselas. Nadie en su sana consciencia estaría fuera de casa a esa hora; no es que fuera del todo malo, al menos para él.

Finalmente avistó el puente que ella había descrito en la nota. Aunque había venido otras veces a la gran Villa Myrai, nunca había ido hasta ese punto. En realidad nunca había ido más lejos de la primera casa, en la que se realizaban las recepciones y reuniones de la Gran Oráculo.

Touya se detuvo por unos instantes y volvió a mirar el cielo. Había nubes, retazos acolchados blancos y grises, y aquí y allá una estrella las desafiaba, brillando como pequeños diamantes en el firmamento.

No fue difícil entrar en la Villa Myrai. Estaba listo para contar una larga historia a los guardias de los portones; pensaba en hacerse pasar por un mensajero de su madre o algo por el estilo, pero terminando por contentarse con una explicación de que estaba ayudando a la hime con algunas clases en las que ella tenía dificultades. Pero antes de que pudiera comenzar a desfilar su rosario, el paso le fue flanqueado sin ninguna pregunta.

Después de todo había muchas ventajas de pertenecer a una familia tan tradicional...

Volviendo a caminar, no tardó en tener su primera visión de la persona que lo esperaba. Ella estaba de espaldas a él, usando un pesado chaquetón rojo que le llegaba hasta las rodillas, medias gruesas de lana y zapatos de muñeca. Nunca se había detenido a pensar que, sorprendentemente, Otsu prefería indumentarias no tan tradicionales para usar a diario.

Ella se volteó al oír el sonido de sus pasos, tan cercanos, y con una sonrisa serena en los labios le dio la bienvenida a Touya. Otsu no dijo nada pero su expresión demostraba alegría de verlo, aun siendo tan tarde y haciendo tanto frío.

Konbanwa, Myrai-san —la saludó mientras descendía la pequeña pendiente para reunirse con ella bajo el puente.

Lo que Touya no se acordó, sin embargo, es que si había un puente había agua, aunque congelada. De modo que en un segundo estaba de pie y al segundo siguiente... se despatarró sobre la capa de hielo en que se había transformado y se deslizó ligeramente hasta detenerse, medio sentado y medio tendido, a los pies de la hime.

—¿Te encuentras bien, Yamamoto? —preguntó Otsu agachándose junto a él, su rostro expresando verdadera preocupación.

Daijōbu —respondió Touya, levantándose y frotándose la espalda adolorida—. Tengo esperanzas de poder mantener una conversación entera contigo algún día, Myrai-san, sin hacer el idiota en ningún momento.

—No creo que seas idiota, Yamamoto-san. Todo lo contrario. Tal vez un poco desastrado, pero nunca idiota —dijo ella, no para hacerlo sentirse mejor sino porque realmente lo creía.

Después de esa respuesta ambos se quedaron en silencio, mirándose mutuamente, Otsu esperando a que él empezara y Touya preguntándose cómo podría comenzar. Finalmente él apartó la mirada y la fijó en el firmamento.

—Es una pena que haya tantas nubes. Tal vez podríamos ver estrellas fugaces otra vez.

—Bueno... nosotros no vimos las estrellas esa noche... —balbuceó ella, sintiendo las mejillas arderle a pesar del viento frío que soplaba bajo el vano del pequeño puente.

Esta vez él se dirigió a ella con absoluta seriedad.

—Sé que tal vez deba disculparme por lo que sucedió ese día, pero no sé cómo hacerlo si no estoy verdaderamente arrepentido. La verdad, Myrai-san, es que hace un largo tiempo he notado que me siento, de cierta forma, un tanto diferente cuando estoy contigo. Me gusta estar contigo... Me gusta tu voz y la forma concentrada como hablas, especialmente cuando departes sobre algo que te gusta; me gusta tu presencia y también el calor de tu palma... y la sensación de tu mano sobre la mía; me gusta tu suavidad y hasta en cierta medida me gusta tu rivalidad con mi prima —en ese punto volteó los ojos—. Ustedes luchan muy bien.

Otsu lo miraba con la respiración casi suspendida. Podía comprender cada una de las palabras que él acababa de confesarle, pues se sentía exactamente de la misma manera. No podía negar que, con el correr de los meses, un lazo de afecto había sido creado entre los dos.

—Por todo eso comprendo que me gustas. Sin embargo... —continuó él—. Tú eres la hime, la futura Myrai-no-kami, la heredera del Oráculo, la hija de la ceremonia y no sé cuántos títulos más. Debido a eso sólo gustar tal vez no sea suficiente.

La joven sintió la garganta oprimírsele. Lo que Touya acababa de decir era también verdad; Otsu no podía huir de quien era, aun cuando lo intentara. Siempre habría aspectos de su vida que estarían fuera de su control. Aún así deseó encontrar una salida para ese problema.

—Siendo así... —la voz de él volvió a despertarla de sus pensamientos—, pensé que por ahora podríamos mantener esta historia en secreto, excepto por Rika, ya que dudo que haya algo que se pueda esconderle tratándose de ti y de Kitsune... Podemos estar juntos y después... Después yo podría postularme para el cargo de consorte, cuando llegue el momento... Y después que la nueva hija de la ceremonia haya nacido, tú estarías libre... o tan libre como una Myrai puede ser... Y desde ahí las cosas podrían ser considerablemente más sencillas —volvió a mirarla—. Eso, claro, si tú estás de acuerdo... Ya pensé en todas las posibilidades menos la de ser rechazado, pero si eso sucede espero que al menos podamos seguir siendo amigos. Por lo tanto, lo que me gustaría saber, Myrai-san, es si crees que podrás ser feliz conmigo.

Ella se mordió ligeramente los labios y desvió la mirada de Touya por unos minutos, sintiendo una maraña de sentimientos acumularse en su pecho. Repentinamente, en reflejo a esas palabras, se dio cuenta de que ya no podía concebir su vida sin Touya.

—Yamamoto-san —comenzó, volviendo nuevamente a mirarlo—. La verdad es que a mí también me gusta estar contigo. Cuando estoy a tu lado me siento como si hubiera recuperado algo precioso que perdí hace mucho, pero del que no tenía idea, hasta que te encontré, de que me hacía falta. Ya soy feliz cuando estoy contigo y me gustaría mucho continuar siéndolo.

Touya sonrió, un tanto aliviado por su respuesta. Con cuidado tomó las manos de ella entre las suyas y le quitó los guantes para depositar sobre los dedos finos de la hime un beso con sus labios helados. Ella lo miró con cariño, pero antes de que cualquiera de los dos pudiera decir algo, algo frío y suave se posó sobre la punta de la nariz de Touya.

Un copo de nieve. Había nevado en Suzuko a comienzos de semana, antes de que las clases hubieran terminado. En la isla de la escuela, debido a los tótems que mantienen el clima agradable, no hubo nieve ese año. Siendo así, aquel era el primer regalo que el invierno les daba.

Alzaron las cabezas para ver más y más copos, pequeños y grandes, gélidos, cristalinos, cayendo sobre la ciudad, comenzando a pintar los tejados y los árboles de blanco. Touya sonrió antes de volverse nuevamente a Otsu, que era ahora su novia, y le dio un suave beso en la frente.

—Tengo un regalo para ti —entonces sacó del bolsillo del abrigo una pequeña cadenita plateada en el que pendía una estrella de cristal de ocho puntas y se la entregó—. Espero que te guste.

Ella asintió con una sonrisa leve mientras recibía el colgante y se lo colgó inmediatamente del cuello.

—Me encantó. Dōmo arigatō. Sólo desearía tener un regalo para ti también —dijo.

Touya la miró con ternura.

—Tendremos muchas otras Navidades para celebrar juntos, Myrai-san.

Otsu asintió nuevamente, pues en su interior la seguridad de que las palabras de ellos se harían realidad se hizo concreta. Se dejó llevar por un impulso y abrazó a Touya. Con los ojos cerrados y el rostro escondido contra su pecho, la hime sintió los brazos de él envolverla de forma cariñosa y protectora.

Meri kurisumasu, Yamamoto-san —dijo ella, sintiéndose feliz como nunca antes. Era como si hubiera regresado finalmente a casa.