HITSUZEN







Volumen 10 - Capítulo 49

Estrella fugaz










La mochila le pesaba en la espalda mientras caminaba absorto por las alamedas de la escuela, buscando los caminos más solitarios y sombríos para avanzar. Por lo avanzada que estaba la hora, la mayor parte de los alumnos ya se habían recogido o estaban sino en las salas comunes de los dormitorios. Para todos los efectos él también debería estar allá, pero la visión de la ventana de su cuarto era pésima; no tenía mucha elección.

O tal vez la tenía. Su pequeño hobbie violaba por lo menos unas cinco reglas del funcionamiento interno de la escuela y él estaba plenamente consciente de ello. Aún así, semana tras semana Touya continuaba recorriendo ese camino en silencio, acompañado por su mochila y la bolsa con el telescopio de principiante que poseía desde niño y el cual, a través de los años, lo fue perfeccionando.

Estaba detrás del predio del Curso Regular. Podía haber pasado directo y cortado camino en línea recta hacia los terrenos de la Torre de Astronomía, pero prefirió dar la vuelta y así evitar ser visto, cosa que sucedería fatalmente si hubiese preferido el camino más fácil, el cual pasaba frente a los dormitorios Haru y Natsu. Sin embargo no dio ni diez pasos por su camino alternativo cuando oyó a alguien venir por el lado opuesto al que él venía.

Aquel mismo camino servía para llegar al terreno de los chalets de los profesores, lo que significaba que la persona que venía en dirección a Touya era probablemente la última que esperaría encontrarse cuando estaba por hacer algo incorrecto. Siendo así rápidamente saltó detrás de los arbustos que ladeaban la alameda, se agachó y se comprimió contra las sombras, rogando no ser notado.

Otsu venía a pasos lentos y cadenciados en dirección al dormitorio de los alumnos. Hasta hacía un ratito estaba en compañía de su tía, en sus aposentos. Después de todo aquella noche no podía pasar en blanco para la hime. Era el cumpleaños de Tomoe-obasan y lo mínimo que Otsu podía hacer por alguien que siempre le dio tanto cariño era acompañarla en una cena. Fue una noche agradable... y la hime se sentía satisfecha recordando la sonrisa de contento de su tía.

Touya no tardó en reconocer la figura de la joven y dejó escapar una media sonrisa, al mismo tiempo que se levantaba de su escondrijo. No había por qué esconderse de Otsu, sobre todo porque él mismo le contó a ella de sus escapadas nocturnas para hacer observaciones astronómicas. Ella no lo delataría.

Konbanwa, Myrai-san.

La muchacha se asustó de la aparición repentina de Touya pero se calmó al reconocerlo y dejó que una sonrisa iluminase su rostro casi por completo.

—Buenas noches, Yamamoto-san —devolvió el saludo y, al notar el cachivacherío que acompañaba al chaval, agregó—: ¿Yendo a otra de tus excursiones observatorias?

Él asintió.

—Está prevista para hoy una lluvia de estrellas fugaces al final de la madrugada. No es un espectáculo para perderse —la miró en silencio por unos segundos, pareciendo considerar algo en su mente, antes de sonreír nuevamente—: ¿Te gustaría venir también, Myrai-san? Tengo mantas extras en mi mochila. Va a ser una noche bien fría pero la vista compensa.

La invitación le salió de forma tan natural que hasta el mismo Touya se sorprendió. No se le había pasado por la cabeza llevar a alguien con él al principio. Aprendió desde temprano con Haruhiro que la observación de los astros debía ser una actividad solitaria, bajo riesgo de perderse todo lo que pasaba en los cielos para discutir trivialidades terrenas.

Pero Otsu no era Haruhiro. Tal vez ella sí supiera apreciar lo que su amigo había despreciado... Y sería bueno tener compañía, para variar. Siendo así fue con cierta ansiedad que esperó por una respuesta.

La hime bajó momentáneamente la mirada, meditando la respuesta. Aunque no fuera una aficionada como Yamamoto, ella apreciaba la visión de un cielo estrellado y definitivamente una lluvia de estrellas fugaces era un espectáculo tentador. Por otro lado estaba el hecho de que estaría rompiendo algunas reglas de la escuela, lo que, dada su posición, era más reprobable que para un alumno común.

Inmersa en esas contradicciones, Otsu finalmente se decidió. Por lo que Touya le contó, él ya lo había hecho varias veces y casi siempre tuvo éxito en el intento. No se iba a privar de la compañía de alguien a quien comenzaba a apreciar cada vez más ni de una oportunidad única de ver algo tan bello sólo porque el legado de las Myrai exigía un comportamiento extremadamente impecable de ella.

—Me... encantaría —respondió finalmente, alzando la cabeza para mirar a Touya con una nueva sonrisa.

Touya sonrió apenas, sintiéndose sumamente contento con su respuesta, aunque no supo decir exactamente por qué. De cualquier forma no tenían mucho tiempo que perder: todavía era necesario arreglar todo el equipo y había cosas que le quería mostrar a Otsu antes de la gran ocasión propiamente dicha.

—Bueno, entonces vámonos. Creo que a esta hora no nos encontraremos con nadie más en el camino y estamos a unos diez minutos de camino a mi sitio de observación favorito.

La joven asintió y se dejó guiar por él, recorriendo en silencio el camino hasta el lugar indicado por Touya. Cuando llegaron al claro que rodeaba la Torre de Astronomía él le entregó a Otsu las cobijas y un termo.

—Montemos el campamento —dijo él con voz divertida.

Ella asintió y tomó los pertrechos que él le extendía. Siendo así, mientras Otsu extendía las mantas sobre el suelo descampado, Touya arreglaba los instrumentos astronómicos para observar con mayor claridad el espectáculo que en breve se desplegaría en el cielo nocturno.

Cuando ella se volteó hacia él, Touya ya había terminado de montar el telescopio y observaba por la lente con una mueca mientras trataba de enfocar alguna estrella. Finalmente, por la sonrisa que esbozó, ella adivinó que había alcanzado su objetivo y al segundo siguiente Touya se incorporó para llamarla con la mano.

—¿Has visto ya a Saturno en todo su esplendor, Myrai-san? A veces es difícil encontrarlo, considerando que tenemos al gigantesco Júpiter adelante, pero creo que lo conseguí ahora...

La hime se acercó y se inclinó sobre el telescopio cuando Touya le cedió el lugar. A excepción de las clases de Minamoto-sensei, ella generalmente relegaba sus observaciones personales a simple vista. Siempre fue una apreciadora de las estrellas en términos “poéticos”. Nunca pensó en profundizarse en los meandros de ese tema... hasta ese momento... hasta que se dio cuenta, a través de la lente del telescopio, que había poesía también bajo lo que se escondía a simple vista.

—Es... maravilloso —murmuró completamente absorta.

Touya sonrió, realmente encantado de percibir que ella estaba hablando en serio. Bueno, después de todo fue una buena idea invitarla. Su subconsciente estaba desempeñándose mejor de lo que esperaba. Debería confiar más en él...

—Los anillos están hechos de detritos de meteoros y otros materiales que, perdidos en la galaxia, terminan siendo arrastrados por la fuerza gravitatoria del planeta —comentó mientras se sentaba de piernas cruzadas al lado de Otsu al mismo tiempo que sacaba de la mochila abierta un termo—. Cuando vi a Saturno por primera vez tenía nueve años. Fue Masaru-ojisan quien me lo mostró. Él tenía un equipo de principiante, de la época en que estudiaba aquí; fue inclusive compañero de clase de Minamoto-sensei —Touya sonrió nuevamente frente a ese recuerdo—. Pasé una semana soñando con la imagen que había visto tan sólo por breves segundos, imaginándome deslizarme por los anillos, como si esquiara en ellos...

Otsu apartó momentáneamente los ojos del telescopio para observar la expresión soñadora de Touya mientras hablaba de recuerdos de su infancia que le parecían tan queridos y felices. Sin comprender exactamente la razón de lo que sentía, Otsu se vio colmada de una sensación de aliento y al mismo tiempo curiosidad. La alegría del chaval la hacía sentirse bien y hacía surgir un deseo incomprensible de querer conocerlo más, de saber más del niño que él fue y del muchacho que ahora era.

—Creo que entiendo perfectamente lo que sentiste de niño, Yamamoto-san.

Él asintió.

—Voltea ahora un poco el telescopio a la derecha. Intenta enfocarte en los puntos rojos que vas a encontrar, bien al fondo de la lente.

Así hizo ella y, a pesar de la dificultad que sintió al principio, después de un corto espacio de tiempo consiguió localizar lo que Touya le había indicado.

—Creo que lo encontré —dijo, todavía mirando al telescopio—. ¿Podrías confirmármelo?

Touya se acercó y se situó en el lugar donde otrora estuviera la hime.

—Es eso efectivamente —confirmó, cediéndole nuevamente el lugar.

—Son lindas también... —dijo—. ¿Qué son exactamente? Admito que Astronomía no es mi fuerte, por más que la encuentre fascinante...

—Enanas rojas. Si estuviéramos con un telescopio profesional se podrían ver mejor sus formas, como dos soles rojos que al mismo tiempo se atraen y se repelen —sus ojos brillaron brevemente al acordarse de una foto que vio cierta vez en un libro—. Pero con este equipamiento, por más mejoras que yo le haya hecho, todo lo que podemos ver son sus formas difusas.

—Aun así son lindas —respondió ella, volteándose hacia él—. Realmente entiendes de Astronomía. Minamoto-sensei debe tenerte en muy alta estima...

—En realidad, por consejo de Masaru-ojisan, mantengo tan sólo un interés mediano en las estrellas cuando estoy cerca del profesor —Touya sonrió fugazmente—. Cree que es más seguro...

La hime no pudo contener una carcajada ante esa afirmación, aunque posó una mano sobre los labios como pedía la etiqueta.

—Considerando la personalidad de Minamoto-sensei, creo que tal vez tu tío te haya dado un buen consejo y ser cauteloso sea la mejor posición a adoptar —replicó Otsu en broma, sorprendiéndose hasta ella misma de haber sido espontánea.

La verdad es que se sentía mucho más libre y natural cuando estaba con Touya. Era casi la misma sensación que tenía cuando estaba con Rika, aunque había algo ligeramente diferente que no sabía precisar.

Él se echó a reír en respuesta y las siguientes horas fueron dedicadas a la observación meticulosa de los cielos. Otsu resultó ser una alumna atenta y aplicada mientras él comentaba las diferentes estrellas, sus magnitudes, las historias mitológicas detrás de sus nombres. Touya por su parte, que nunca encontró a nadie que verdaderamente lo escuchase hablar de ello, disertó apasionadamente, interrumpiéndose recién cerca de la medianoche, cuando se acordó del termo que pasó la mitad de la noche sobre su regazo.

En ese intervalo se mantuvieron apartados del microscopio, saboreando el té de canela, envueltos en las mantas y charlando de cualquier tópico que se les ocurriera. Tan absortos estaban en ese nuevo pasatiempo que Touya sólo percibió una pequeña línea plateada cruzando el cielo cuando se vio obligado a tomar aliento para continuar la historia de una pelea que tuvo con Kitsune en el dojo, cuando su prima tenía seis años y él siete, y ella le pegó violentamente con la shinai para terminar la discusión.

—¡Por la gran Amaterasu, no puedo creerlo! —exclamó él antes de prácticamente saltar en dirección al telescopio y mirar con avidez la escena peculiar que se desplegaba frente a sus ojos—. ¡Casi nos la perdemos!

—¿Perdernos lo qué? —preguntó ella, tan distraída estaba con la plática, aparte de un poco soñolienta por lo avanzado de la hora, que se olvidó completamente del motivo por el cual aceptó acompañar a Yamamoto en su vigilia.

Ligeramente impaciente por culpa de su olvido, Touya le extendió la mano.

—Ven acá... Y mira el cielo.

Otsu aceptó la mano que le era ofrecida y sintió a Yamamoto arrastrarla para que se situara de pie junto al telescopio. La fuerza del chaval combinada con la tentativa de Otsu de desvencijarse de los cobertores le hizo perder el equilibrio: lo que la hime enseguida notó fue que su cuerpo se inclinó peligrosamente hacia delante. Todo lo que hizo fue cerrar los ojos en reflejo a la caída inminente.

Sin embargo no fue el suelo duro lo que sintió contra su cuerpo. Cuando abrió los ojos Otsu se percató que ella y Yamamoto habían caído sentados en el piso. Él de algún modo detuvo su caída y la hime se encontraba apoyada sobre el pecho de Touya. Ella alzó la cabeza para darle las gracias y al mismo tiempo disculparse pero no logró proferir palabra ninguna, sólo sintió las mejillas ruborizársele por el embarazo.

Touya se encontraba dolorosamente consciente de la proximidad de ambos. Desde esa distancia podía ver cada punto de los iris carmín de la joven, ojos tan diferentes de cualquier otro que hubiera visto antes. Portones Rojos del Destino, Shishōgen, los ojos de quien transita entre la vida y la muerte... O sencillamente los ojos de Myrai Otsu...

Tal vez haya sido un impulso de ver aquellos ojos tan raros más de cerca. Tal vez haya sido una necesidad más inconsciente, una prueba, un deseo reprimido... La verdad es que Touya no podría decir con claridad lo que lo llevó a en ese momento, mientras el cielo se cubría de líneas azuladas y plateadas, cerrar los ojos y acercarse para besar los labios de Otsu con delicadeza mientras sus brazos se cerraban en torno a su cintura para acercarla más hacia él, compartiendo el poco calor que eran capaces de producir en una noche helada como aquélla.

Otsu permaneció con la respiración casi suspendida al notar el rostro de Touya acercarse al suyo. Cuando sintió sus labios cálidos tocar suavemente los suyos, la joven sencillamente dejó que todos los pensamientos sobre el que ella era la hime y que por eso no podía permitirse llevar por los impulsos se desvanecieron en el aire. La forma cariñosa con que él la sostenía hizo que toda resistencia que ella debía demostrar por obligación no se manifestase. Otsu sólo se dejó sumergir en aquella sensación de seguridad y confort que él le brindaba.

Los astrónomos creen que las estrellas fugaces son cristales que se forman en las estrellas de gran masa en el centro de la galaxia, las cuales explotan como supernovas. Se cree que los cristales son expelidos antes y durante la explosión, pero como son tan delicados no duran mucho tiempo: partículas resultantes de la explosión bombardean los cristales, convirtiéndolos nuevamente en partículas sin forma y este proceso dura relativamente pocos segundos.

Pocos segundos duró también el beso, aunque ese fue tiempo suficiente para que las estrellas hicieran su cruzada a lo largo del cielo nocturno y éste volviera entonces a serenarse. Con la mente todavía entorpecida, Touya se apartó de Otsu y observó el rostro de ésta, quien mantenía los ojos cerrados. Aquel era un excelente momento para decir algo pero se encontraba completamente sin palabras.

¿Qué podía hacer? ¿Pedir disculpas? ¿Cómo podía pedir disculpas por algo de lo cual no se arrepentía? Entonces, ¿debería pedirle permiso para besarla de nuevo? ¿No sería considerado eso una descortesía? ¿Qué estaba haciendo al fin y al cabo? ¿Qué debería hacer ahora?

Ella abrió los ojos y se apartó un poco del chaval. Otsu no podía pensar en qué hacer a continuación. Sentía el corazón palpitando aceleradamente y el rostro completamente en llamas. Posó las manos sobre los labios, entorpecida. Mirando a Touya por unos cuantos minutos y dándose cuenta de que él se encontraba tan atónito como ella, hizo lo único que le pareció sensato: se levantó y empezó a recoger las cobijas y el termo.

Otsu sabía que no podría hablar de lo sucedido en ese preciso instante... y Yamamoto parecía estar en situación semejante. Siendo así, Touya captó la indirecta que ella le lanzó y comenzó a guardar el equipo de astronomía.

En silencio recorrieron el camino de vuelta a los dormitorios y se detuvieron frente al corredor de acceso al dormitorio Aki, en donde quedaba el cuarto de Otsu.

Oyasumi nasai, Yamamoto-san —dijo haciendo una leve reverencia.

Cuando Otsu alzó la cabeza para mirarlo nuevamente, a pesar de la penumbra que los rodeaba, Touya se percató que la expresión del rostro de ella era amena y suave, que no se había enojado por lo ocurrido.

—Buenas noches y que duermas bien, Myrai-san —respondió.

La joven asintió y se fue como en trance, sólo despertándose cuando se adentró en su cuarto, notando por el rabillo del ojo que él había esperado a que ella entrase. Mitsuteru Yui dormía profundamente pero Rika se movió en su cama y levantó la cabeza.

—Otsu-chan, tardaste tanto que creí que te quedarías a dormir en el chalet de Myrai-sensei... —murmuró en mitad de un bostezo.

—Puedes volverte a dormir, Carrot-chan —susurró Otsu—. Mañana hablamos.

Rika se volteó de costado y se volvió a dormir mientras la hime, después de cambiarse, se dejaba caer en su propia cama. Se pasó delicadamente la punta del dedo índice sobre los labios, tratando de evocar la sensación del beso, tratando de entender exactamente qué había sentido. Sólo sabía que era algo bueno... Tal vez su almohada pudiera ser su mejor consejera por ahora. Con ese pensamiento finalmente se durmió...