HITSUZEN







Volumen 09 - Capítulo 43

Susto










Observó con cierto orgullo la estructura que en poco menos de tres días habían logrado levantar. Aun cuando estuviera el anfiteatro en la Casa Sede, todas las grandes presentaciones de la escuela eran hechas al aire libre y para ello se usaba el espacio del claro alrededor del pequeño minarete donde tenían las clases de Astronomía.

Era curioso. Aunque durante buena parte del tiempo vivía imprecando contra el cargo que aceptó (por libre y espontánea voluntad, cosa que difícilmente se acordaba cuando estaba de malhumor), había momentos como ése en el que se sentía orgulloso de estar involucrado en el trabajo del Consejo. Era bueno sentir que formaba parte de algo... algo importante y respetable...

Por algunos instantes se preguntó si Renji, Tooru o incluso Kitsune se sentían así. Después de todo ellos eran los herederos de los cargos de sus familias en el Consejo de las Sombras. ¿Será que sentirían orgullo de eso? ¿O, por prepararse para tal cosa desde muy pequeños, esperaban el día de su nombramiento sólo como una formalidad más en sus vidas?

Bueno, no los envidiaba, en especial su hermano. Renji estaría todavía años bajo las alas de su abuelo y después todos sus actos serían comparados con los de éste. Tendría que portarse siempre irreprochablemente y no hacer jamás todo lo que realmente querría hacer.

En resumen, ser el mayor implicaba demasiadas responsabilidades... responsabilidades que él no tenía el menor deseo de asumir. Por lo tanto era afortunado que Renji fuera tan respetable y tan perfectamente apto para el cargo.

Inmerso en esos pensamientos mientras caminaba, Haruhiro no se percató que no estaba tan solo como pensaba al principio. En realidad sólo se fue a percatar de algo cuando ya estaba siendo prácticamente arrojado para dentro del armario en donde estaba el vestuario de los clubes de teatro y danza. El mundo se volvió un borrón por unos momentos hasta que el rostro de Goseki Miyu entró en foco.

—¡Holaaaaa, enfermero!* —la joven abrió su mejor sonrisa mientras se apoyaba en él, las manos aferradas al cuello de la camisa del muchacho.

Yo, Miyu-chan —la saludó medio sonriendo, medio sorprendido—. ¿Qué buenos vientos te traen?

—Vine a echar un vistazo al equipo de sonido para saber qué enchufes usar en mi violín —respondió ella—. Intenté llamarte cuando te vi pero parecías estar en la luna... Entonces pensé que sería más divertido si de daba un susto.

Haru sonrió levemente. Miyu a veces tenía algunas ideas extrañas pero era divertida. Hacía algunos años que mantenían una cierta “amistad colorida”, que era satisfactoria para ambos y que Touya acostumbraba a clasificar como “escandalosa”... Pero si él era feliz y Miyu lo era también, Touya no tenía por qué meterse en esa historia.

—No fue tan asustador, Mi-chan. Tal vez si tuvieras una nariz torcida y una verruga yo podría sentirme más amenazado.

—Lo pensaré para la próxima vez —respondió ella mientras le daba un besito y lo soltaba enseguida—. ¿Prefieres manzanas o nabos?

—¿Perdón?

Miyu amplió un poco más la sonrisa.

—La bruja de Blanca Nieve le ofreció manzanas cuando le quiso dar un susto a su hijastra. Si prefieres lo tradicional...

—¿Y qué tienen que ver los nabos? —preguntó él curioso.

—Es para agregarle un toque de originalidad —afirmó la joven.

Haru meneó la cabeza.

—A veces creo que no estás bien de la cabeza, ¿sabías?

—Bueno, de eso siempre estuve segura —replicó Miyu—. Pero prefiero ser una metamorfosis ambulante a tener formada esa vieja opinión de todo.

En ese punto Haru ya había dejado de esforzarse por entender. Era más fácil convivir con Miyu si no se trataba de comprenderla.

—Ok, no voy a preguntar. Ahora, por curiosidad, Miyu... —agregó, esta vez ligeramente malicioso—. ¿Qué estamos haciendo en este armario?

Ella sonrió cándidamente.

—¿Estás teniendo ideas?

—Muchas —respondió Haru.

Miyu meneó la cabeza.

—Olvídalo, tengo que ir a ensayar y Aiko-chan no debe de estar particularmente amorosa hoy. ¿O debería decir paciente? —preguntó pensativa, mirando el techo—. Bye, bye, Haru-kun. ¡Hasta nuestro próximo encuentro!

Dicho esto ella empujó la puerta del armario, que se cerró cuando ellos entraron, y saltó al suelo. Con un último gesto de despedida con la mano ella se alejó silbando una melodía. Haru observó la puerta cerrarse y, aprovechando la semipenumbra del interior del armario, cerró los ojos por unos segundos y comenzó a relajarse.

Bueno, no podía negar que había sido divertido...

Permaneció allí por un rato, preparándose para volver a “enfrentarse al mundo”, cuando oyó pasos acercándose. Al principio pensó que sería Miyu que regresaba, pero por una rendija de la puerta vio que no. Quien estaba allí tenía el pelo negro y liso, diferente al de Miyu.

Fue entonces que se heló por dentro al reconocer ese pelo y ese cuerpo pequeño debajo del mismo...

Kitsune.

No podía salir del armario ahora. Ella seguramente le preguntaría qué estaba haciendo allí y él no tenía ninguna excusa lo bastante lógica para eso. Decir que fue empujado para dentro por una chica estaba fuera de consideración.

Bueno, no era un problema tan grande, ¿no? Él sólo tenía que quedarse allí quietito hasta que Kitsune se fuera. Entonces él saldría y el mundo continuaría girando como si nada hubiera pasado. Bueno, nada había pasado, pero quién sabe lo que podría pasar por la cabeza de Kitsune... ¿Y si ella sacaba conclusiones precipitadas? ¿Y si creía que él era un loco perturbado? ¿Y por qué estaba tan preocupado por eso?

Volteando los ojos, buscó una mejor posición para continuar vigilando y así saber cuándo salir. Sin embargo, para su completa consternación, descubrió que la joven se estaba acercando al armario.

¡IBA A PILLARLO!

Le llevó pocos segundos considerar las alternativas. Entre ser descubierto y saltar afuera por libre y espontánea voluntad, era mejor la segunda opción.

—Bu.

La joven alzó ligeramente una ceja mientras Haru emergía de las sombras del armario y se paraba frente a ella en una cómica pose.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Kitsune sin ninguna inflexión en su voz, como si estuviera acostumbrada a ver chavales saltando de armarios todo el tiempo.

Haru sonrió mientras pensaba en las palabras que Miyu dijo un poco más temprano. Bueno, él podía quedarse con fama de loco, pero no era exactamente como si Kitsune lo creyera normal. Entonces locura más, locura menos... ¿qué mal le haría?

—Te quería asustar —afirmó convencido.

Kitsune cruzó los brazos y lo miró desconfiada.

—Asustarme —repitió ella, ahora ligeramente incrédula.

Esta vez él sonrió tenuemente.

—Sí... Sabes, la gente normal generalmente se asusta —hizo un gesto displicente con la mano—. La adrenalina se dispara en...

—No creo que quiera saber cómo termina tu teoría —lo interrumpió la muchacha, al tiempo que pasaba delante de él y le daba la espalda mientras examinaba algunas prendas que había en el armario.

Él suspiró y meneó la cabeza. Esperaba como mínimo una reacción más interesante. ¿Sólo eso iba a ser?

—Sabes, Kitsune, si fueras un personaje mío, antes de que yo pudiera mostrar tu carácter al público, todos los lectores creerían que eres la gran villana de la historia —señaló sin pensar.

—¿Eso fue un elogio? —preguntó ella a su vez, girándose para mirarlo.

—Una constatación —respondió el joven Mihara antes de tomarla de las manos y hacerla girar, como si bailara—. ¡Vamos, Kitty-chan, sonríe! ¡La vida es bella!

—Y tú estabas escondido en un armario —replicó ella, soltándose de él y limpiándose una pelusa imaginaria de la falda.

Haru se rascó la nariz.

—Sí, bueno...

Kitsune sonrió levemente y esta vez fue ella quien meneó la cabeza.

—Olvídalo. Prefiero que me ahorres los detalles sórdidos.

—¡Hey! —exclamó él, como si estuviera horrorizado—. ¡No hay detalles sórdidos!

—Claro, te creo. Pero si no te importa, Haruhiro, tengo trabajo que hacer... y creo que tú también.

Él puso los ojos en blanco frente esa afirmación.

—Eres igualita a Touya. Siempre recordándome las cosas fastidiosas de la vida.

La mención del nombre de su primo la hizo paralizarse por unos segundos. Aunque su aparente perturbación hubiese sido mínima, fue lo bastante como para que se percatara Haruhiro. Estrechando ligeramente los ojos, él se acordó de que, hace ya unos días, Touya estaba un tanto extraño y que era la primera vez que veía a Kitsune fuera del Consejo Estudiantil en casi un mes.

—Kitsune... —la llamó, esta vez más serio—. ¿Pasó algo entre tú y Touya?

La niebla que se apoderó de sus ojos grises la delató completamente. Pero Kitsune no respondió. Haru suspiró, sabiendo que no lograría arrancarle nada si ella no quería hablar. Bueno, siempre existía la posibilidad de desafiarla a una lucha... Si ganaba, ella tendría que cumplir su promesa y hacer lo que él quisiera.

El problema sólo consistía en lograr vencer a la Raposa.

—Voy a volver al trabajo —dijo finalmente—. Pero si quieres hablar o cualquier cosa por el estilo, puedes acudir a mí.

Nuevamente ella no respondió. Derrotado, Haruhiro sólo suspiró y siguió su camino, dejándola sola. Al verlo alejarse Kitsune cruzó los brazos y se apoyó contra el armario.

Tal vez debería dar el brazo a torcer y buscar a Touya. No podían estar sin hablarse por una discusión tan insignificante. Echaba de menos platicar con su primo... Echaba de menos ese sentimiento de familiaridad que él evocaba.

Os olhos dela voltaram a se nublar ao se lembrar da pessoa que dera causa a toda aquela situação. Teria que fazer alguma coisa àquele respeito também. Se o primo não lhe contara, então teria que descobrir sozinha o que estava acontecendo.

- Myrai-hime... - ela murmurou entre dentes, cerrando os punhos. - Sempre Myrai-hime...


Glosario
*Frase utilizada frecuentemente en el dibujo animado Animaniacs, de la Warner Bros. entre 1993 y 1998. Generalmente lo dicen los hermanos Yakko y Wakko cuando ven a mujer guapa y se arrojan inmediatamente a sus brazos, pero Dot también lo dice en algunos episodios.