HITSUZEN







Volumen 06 - Capítulo 29

Encrucijada












Otsu sintió el agua fría caer sobre su cuerpo como un bálsamo, curando heridas que no sabía que existían hasta ese momento. No se había lesionado en el combate contra Kitsune, a pesar de que no se habían contenido en la tentativa de casi matarse una a la otra. El dolor que sentía venía de adentro, como una daga incrustada en su pecho, perforando más y más su corazón.

Efectivamente algo iba mal en la hime. El alma de Otsu estaba muriendo... lo sentía. Cada día que pasaba se olvidaba más y más de lo que era sonreír sin usar la máscara de educación exigida por las Myrai. Se olvidaba de lo que era ser feliz... La verdad es que, quitando los momentos en que Rika la rescataba de las sombras, o cuando sentía el cuerpo perderse en la danza o en un combate, Myrai Otsu ya se había olvidado del significado de la palabra felicidad o incluso satisfacción.

A medida que se iba haciendo adulta, a medida que su Otemise, la ceremonia que definiría su grado de videncia, se acercaba más y más, Otsu se enterraba en ese miasma en que se estaba convirtiendo... en ese ser amorfo y sin sentimientos... porque esa era la única forma de lidiar con la indiferencia de Setsuna. No sabía más qué hacer para que su madre le dedicara una sola señal de aprobación. Por más que su tía Tomoe tratase de educarla y darle cariño, ella también era una sombra cubierta por las inmensas alas de la directora de la escuela, de la líder del Consejo, de la gran vidente. Estaban todas enredadas y presas a ella.

Otsu estaba sola. La verdad fría y cruda era que estaba sola como siempre lo había estado.

Cerró la ducha y se secó precariamente con una toalla. Del bolso, en vez del uniforme, terminó sacando una camiseta blanca, zapatillas y un short, ropa que usaba sólo para calentarse en el club de danza... pero no deseaba mantener siempre impecable la apariencia de hime. Poco le importaba que su tía fuera a reprenderla por su comportamiento, por su desaliño en vestirse, por la impulsividad y responsabilidad al enfrentarse a Kitsune. Peor, en retarla a un duelo... Estaba cansada de ser siempre exigida ser el ejemplo... y comenzaba a preguntarse: ¿ejemplo para qué? ¿Ejemplo para quién y para qué?

Por dentro se preguntaba con quién podría platicar sobre lo que la afligía. Por más que quisiese a Tomoe-obasan y a Rika-Carrot-chan, ninguna de las dos podía realmente escucharla. La primera por estar tan ciega y amedrentada por su hermana mayor que apenas conseguiría discernir el significado de la angustia de su sobrina; la segunda porque, por su dulzura e ingenuidad, no tendría la capacidad de adentrarse en las sombras que crecían en el interior de su amiga.

Salió del vestuario presa en esas reflexiones y, sin notarlo, sus pies no la condujeron a la salida del dojo. Cuando se dio cuenta, estaba en la puerta del espacio destinado a los entrenamientos masculinos. Por la organización de los horarios, los varones comenzaban su entrenamiento media hora después que las chicas. La hime se acordó que cierta vez una de sus compañeras formuló la hipótesis de que eso era para evitar que los varones tuvieran la tentación de salir de sus propias duchas para ver a las chicas cambiarse antes y después de los entrenamientos.

La joven ya se estaba dando media vuelta, dispuesta a irse de allí antes de que los chicos comenzasen a llegar a su entrenamiento, cuando escuchó unos pasos en el interior del dojo. Inexplicablemente una rara curiosidad se apoderó de la hime y se acercó a la puerta entreabierta... Fue entonces cuando lo vio de espaldas: parecía estar eligiendo una de las shinais para comenzar con el entrenamiento.

Al mirar con un poco más de atención, notó que era Yamamoto Touya quien estaba allí. En todas las pocas veces que hablaron, Otsu se sintió sorprendida por el confort que él le transmitía. Era dulce y gentil —tal vez gentilmente azorado fuese la mejor descripción—, pero al mismo tiempo él emanaba una fuerza y madurez que le transmitían confianza. La joven Myrai sintió una fuerte e inexplicable afinidad con Touya... y se preguntó si no sería de alguien como él que necesitaba en su vida.

Permaneció parada en la puerta, mirándolo de lejos. No se le ocurrió una razón por la que él hubiera llegado antes que los otros. Tal vez fuera sólo una de esas extrañas coincidencias de la vida. Si fuera otro día ella estaría en su propio entrenamiento y él en compañía de sus amigos. Aún así no sabía si acercarse y saludarlo o darse media vuelta. Se preguntaba si no sería mucho atrevimiento acercarse así tan de repente.

—¿Myrai-san? —sonó una voz masculina a sus espaldas.

Otsu se volteó algo asustada y se encontró con la figura de un muchacho alto y moreno, que llevaba un bokuto en una mano y otros materiales de entrenamiento en la otra.

Arai Hideki, el senpai del club de kendo, por su parte miró a la joven Myrai de forma neutra, a pesar de que interiormente se sentía un poco sorprendido del aspecto que ella tenía. En vez de la apariencia impecable de siempre, lo que Hideki vio fue a una chica con el cabello mal peinado y muy mojado, el cual empapaba la parte de atrás de la camiseta blanca.

—¿No deberías estar en el entrenamiento femenino con Maho-senpai? —preguntó, notando la vacilación de ella.

Otsu se inclinó en una pequeña reverencia, recuperándose finalmente de la sorpresa y retomando su habitual actitud cortés y educada.

Hai, pero ella me dispensó del entrenamiento de hoy, Arai-senpai. Ya estaba de salida, pero terminé distrayéndome y vine a parar aquí. Gomen nasai.

Hideki la miró nuevamente. Parecía estar siendo sincera y no vio motivos para reprenderla por estar en el área masculina del dojo.

Wakarimashita. Está bien, Myrai-san, puedes irte.

Arigatō —dijo, haciendo una nueva reverencia corta—. Mata ashita, Arai-san.

—Hasta mañana, Myrai-hime —respondió el senpai, también inclinándose ligeramente.

Al segundo siguiente Otsu se dirigió rápidamente a la salida del dojo, casi corriendo. Tal vez en el futuro se diera una oportunidad más apropiada para charlar con Yamamoto Touya.



Glosario
Shinai - espada de bambú
Hai - sí
Wakarimashita (wakatta) - entiendo
Arigatō - gracias
Gomen nasai - lo siento