HITSUZEN







Volumen 05 - Capítulo 24

Samurai










Mientras Rika tejía esas ideas, el almuerzo fue servido y los niños hicieron hincapié en comer con ellos. Otsu y Touya se enzarzaban en pequeñas bromas y delicadezas con los tres hermanos y Rika pudo ver en esa escena un eco del futuro. ¿Cómo no se le había ocurrido juntarlos a los dos antes? Eran perfectos el uno para el otro; sus personalidades se complementaban: eran educados, cuidadosos... y sabía cuán cariñoso y comprensivo podía ser el primo de su Raposita.

—Gracias por el almuerzo, Miwako-san. Estuvo delicioso —dijo Touya, ya en la puerta del restaurante, mientras sus acompañantes se unían a él en una reverencia de agradecimiento.

—No tienen que agradecerme, fue lo mínimo que podía haber hecho después de haber ayudado a mis hijos —respondió la joven señora—. Espero que vuelvan aquí, nos honraría y alegraría su presencia aquí.

Antes de que pudiera responder, Touya sintió unas manitos pequeñas tironearle el borde de la camisa que traía puesta. Miró para abajo y notó que Mika lo miraba con ojos suplicantes.

—¿Prometes en serio que vas a volver, Touya-kun? —preguntó ansiosa.

El muchacho se agachó hasta quedar a la misma altura que la chiquilla y le acarició la cabeza con cariño. Otsu observó la escena sintiendo nuevamente aflorar una sonrisa a sus labios y la sensación de familiaridad que esa escena evocaba, otro recuerdo olvidado y borroso.

—Te lo prometo —respondió Yamamoto mientras alzaba el dedo meñique para sellar el acuerdo.

La niña envolvió el dedo de Touya con su propio meñique, aunque apenas abarcaba el suyo, y sonrió al darse cuenta de que efectivamente él iba a volver allí. Después de todo, una promesa sellada siempre debe ser cumplida. Por lo menos eso fue lo que aprendió con su madre.

Después de hechas todas las despedidas, los adolescentes salieron a las calles de la ciudad. Rika, con las manos detrás de la nuca, contempló el cielo azul que se desplegaba sobre ellos.

—El día está taaaan lindo... —murmuró, para mirar enseguida a Yamamoto—. Entonces, Touya-kun, ¿ya decidiste lo que vamos a hacer?

El chaval se rascó la cabeza y miró a Otsu, que continuaba en silencio, esperando su respuesta.

—Bueno... —comenzó, un tanto inseguro—. Tenemos que comprar el kimono de Myrai-san, ¿no?

Rika puso los ojos en blanco y se contuvo para no darle unos coscorrones en la cabeza dura de Yamamoto. Kimono... kimono... siempre volvía con esa historia. Todo bien que comprar ropa sería un programa perfecto para alguien como ella, pero no era un programa nada romántico.

Un momento... Pensándolo bien, ese asunto del kimono podría ser exactamente lo que necesitaba para dejarlos solos. Entonces, con una sonrisa simpática, casi traviesa, en los labios, extendió la palma de la mano hacia Touya, como si estuviera esperando que él depositase algo allí.

—¿Qué? —preguntó él, parpadeando confuso.

—El dinero, Touya-kun —replicó Rika con espontaneidad—. Yo me encargaré del kimono de Otsu-chan. Sé su estilo de color y estampado y sé también lo que a ella le gusta, pero como soy exigente debo pasarme toda la tarde en ello. Sería un desperdicio para ustedes dos pasar todo el día libre conmigo en la tienda de kimonos.

—Pero, Rika-chan... —él agitó la cabeza—. Hemos venido exactamente por el kimono... Y tal vez Myrai-san no esté muy cómoda sin ti, ne?

Otsu asistió a la plática pensativamente. Si por un lado, como ella había dicho antes, estaba la inconveniencia de que la hime de las Myrai paseara sola con un varón, por otro lado la familia de Yamamoto-san era tan tradicional como la suya. Además, ella sabía que Rika hablaba en serio sobre pasarse la tarde entera en la tienda. Cuando se trataba de telas, ropa y demás, prácticamente se transportaba a otro universo y perdía completamente la noción del tiempo.

Pero principalmente estaba aquella sensación agradable e inexplicable de sentirse cómoda en compañía de Touya.

—Está bien, Yamamoto-san —respondió, tomando su decisión—. No veo ningún problema en planear otra cosa mientras Rika-chan se divierte en la tienda de kimonos.

—Bien, siendo así... —Touya sacó la billetera del bolsillo y le entregó casi todo el contenido a Rika—. Diviértete, Rika-chan.

—Estupendo —la pelirrojita batió palmas de contento—. Vayan a tomar un helado, a pasear por el parque, cualquier cosa por el estilo. Nos encontramos en la plaza de antes en unas cuatro horas. El tren parte media hora después, nos da tiempo de organizarnos y volver a Suzuko para tomar el barco de la noche.

Dicho esto giró sobre sus talones y finalmente los dejó solos. Otsu observó a su amiga perderse de vista entre la gente que caminaba por la acera antes de volverse hacia Touya, que ahora la miraba como si tratara de decidir qué hacer.

—Oye, Myrai-san... —comenzó él, rascándose ligeramente la nariz—. Antes de que ustedes llegaran, cuando vine por el parque, vi un anuncio de una exposición sobre la historia de los samurais en el museo que tienen allí. ¿Te gustaría ir?

—Me encantaría —respondió la joven con una sonrisa—. Desde niña siempre me gustó la historia de los samurais.

Touya asintió satisfecho. Poco después estaban frente al predio del pequeño museo, rodeado de bambudales y pequeñas fuentes. A pesar de ser un parque en los suburbios de Asahikawa —lugar poco frecuentado por los estudiantes de Amaterasu o cualquier otra figura de Suzuko y, exactamente por eso, elegido para la cita de esa tarde—, era agradable y bien cuidado.

Justo en la entrada había un enorme cartel anunciando la exposición, aparte de folletos ilustrativos de las piezas que se podían encontrar ahí dentro. Touya compró las entradas, se las entregó a Otsu y dejó que ella fuera adelante.

La exposición ocupaba tres salas. En la primera estaban expuestas imágenes seguidas de leyendas, que hablaban de los diversos períodos del Japón feudal, yendo desde el surgimiento de los primeros samurais hasta su declive, en el comienzo de la Era Meiji.

Interesante que vuelta y media ellos encontraban nombres que también figuraban en la historia mágica. No mencionaba nada de las Myrai —por motivos obvios—, pero encontraron por lo menos dos citaciones de los Yamamoto en medio de las batallas allí escritas.

—Sabes, siempre me pareció interesante la forma como la sociedad mágica y la sociedad nashi atae conviven en Japón —comentó Touya, cuando ya se encaminaban al segundo salón, en donde estaban expuestas las armaduras—. Deseo, después de graduarme en Amaterasu, hacer un curso de Historia en una universidad de Tokio.

—Me parece una idea maravillosa —Otsu lo miró con ojos gentiles—. Creo que tenemos mucho que aprender con ellos sobre nuestras raíces en común.

Él sonrió y asintió con la cabeza, mientras se detenían frente a la primera armadura de la colección. Entonces, para su sorpresa, notó que los ojos carmín de Otsu adquirieron un brillo momentáneo al posarse sobre la misma. La joven miró el objeto con visible reverencia y adoración. Sin contenerse tocó ligeramente el vidrio que protegía el objeto.

—La armadura de Takahashi Yousaka... Nunca pensé que la vería algún día... —murmuró. Aún con la mirada puesta sobre el objeto, continuó, más para sí misma que para Touya—. Su historia es mi favorita... Takahashi era un joven samurai, bastante arrogante dada su posición destacada en su han de origen. Demasiado arrogante para su propio bien, decían algunos. Cierto día él iba viajando cuando su camino se cruzó con el de un joven monje. En su vanidad, el samurai creía que el monje debería haber pedido permiso para pasar delante de él y saludarlo enseguida, pero el monje, llamado Qin Xiao Lan, había llegado recién de China y no tenía forma de conocer al joven Yousaka, por lo que siguió su camino.

Touya la miró en silencio, esperando a que ella terminase. La hime, por su parte, hizo una breve pausa para recuperar el aliento antes de continuar con el relato.

—El samurai se sintió sumamente ofendido y comenzó a provocar al joven monje, que se mantuvo impasible. Sin obtener un pedido de perdón, Takahashi le dio una paliza y lo dejó prácticamente desmayado en el sendero. Fue algo verdaderamente deshonroso, pero el ego de Takahashi no le permitió en ese momento ver que había sobrepasado los límites. Siendo así siguió su camino durante dos días hasta llegar a una posada, en donde los moradores de la aldea próxima bebían y comentaban sobre el cuerpo del joven monje chino que fue encontrado por mercaderes que iban por esos lares. Fue ahí que Takahashi sintió el peso de la culpa. No imaginó que había sido tan duro en sus golpes... y al enterarse de que el monje había venido a encargarse del orfanato local, el samurai quedó todavía más apenado.

—Pero el remordimiento no pagaría lo que hizo —respondió Touya, también mirando la armadura.

Otsu asintió.

—No. Fue por eso que él, como una forma de penitencia, asumió las tareas, el nombre y la vida del monje. Tuvo algunos problemas con el señor de su han, pero después de un tiempo fue liberado de sus funciones y se convirtió en protector de aquella aldea. Admiro mucho a Takahashi Yousaka... Su capacidad de invertir su propio destino y encontrar un camino único para sí, trazando una vida mejor que la que estaba destinada para él.

Él continuó mirando hacia delante pero no vio más la armadura, sino el reflejo de la joven en el vidrio. Los ojos de ella se encontraban distantes; distantes como lo solían ser los ojos de su madre cuando él, de niño, insistía en saber de su padre. Había algo doloroso en esos ojos escarlatas y él sabía que nada podía hacer para consolarla.

Medio que inconscientemente entrelazó su mano con la de la hime y estrechó ligeramente sus dedos. Otsu sintió el calor de la palma de Touya sobre la suya. Bajó la cabeza y miró los dedos entrelazados, después miró a Touya por unos segundos con una débil sonrisa en el rostro y sus ojos le parecieron a él más leves que un momento antes. Permanecieron, aún en silencio, frente a la armadura de Takahashi antes de seguir recorriendo, aún tomados de la mano, el resto de la exposición.

Si Minamoto Rika estuviera allí, escondida entre las columnas del museo, observando a la pareja en vez de estar eligiendo un kimono para Otsu, ciertamente estaría haciendo su dancita de victoria.

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Glosario
Hime - princesa
Nashi atae - sin don
Han - feudo