HITSUZEN







Volumen 03 - Capítulo Extra

Viaje a través de los recuerdos
Final










El predio principal de la Gakkō Mahō Amaterasu parecía estar completamente desierto, como si su tiempo se hubiese congelado en un ínfimo segundo por toda la eternidad.

Sin embargo, tal impresión era errónea. El sonido de los pasos de una chica que se equilibraba elegantemente en sus getas se manifestaba en los corredores. Myrai Otsu era la única alumna presente en toda la escuela a esa hora.

Mientras los demás estudiantes venían en el barco, que en ese momento navegaba serenamente realizando el trayecto hasta la isla, la heredera de las videntes había regresado un día antes, acompañando a su madre y a su tía.

La joven de ojos escarlatas miró por encima de su hombro para verificar que ninguno de los profesores estuviera cerca. Suspiró aliviada al comprobar que estaba completamente sola.

Tímidamente entró al aula del club de música. Todavía faltaba cerca de media hora para la ceremonia de apertura del año escolar; siendo así, Otsu se podía dar el lujo de aprovechar ese tiempo como mejor le pareciera. Un momento para sí antes de retomar la máscara de hime, distante e impecable.

Posó los ojos en el recinto vacío. Aquel era un lugar agradable, sin duda... Contemplando los detalles del ambiente, los ojos de Otsu se posaron sobre un tradicional koto, el instrumento que estaba buscando. Una sonrisa apareció en los labios de la hime. Estaba sólo ella allí, tal vez no sería un problema que se dejara llevar esta vez por un impulso inocente. Le gustaba tocar ese instrumento. El que heredó de Kaede-obaasan estaba guardado en la casa de las videntes y era tocado sólo durante las vacaciones. No era una instrumentista excepcional, pero aprendió desde niña a manejar el koto, una de las varias cosas que le fueron enseñadas en su educación tradicional de heredera de las Myrai.

Se sentó en el suelo, de forma que el kimono no se arrugase y, apoyándose sobre las piernas flexionadas, se inclinó sobre el instrumento.

Ichi, ni, san, shi, go, roku, shichi, hachi, kyu, jyu, to, i, kin… —murmuró bajito mientras pulseaba delicadamente cada una de las trece cuerdas del koto, tratando de verificar si tenía que afinar alguna... No, estaba perfecto...

Siendo así la hime se dejó llevar... Kaede-obaasan decía que la música era una entrada al alma... Otsu no estaba de acuerdo... para ella la música era la misma alma fluyendo a través de las notas que se perdían en el aire... Era la manera sin palabras de derramarse por el mundo a través de pura melodía... Todas las emociones... sin miedo... sin culpa... llena de sinceridad... Era un poco así que se sentía cuando bailaba, o incluso cuando luchaba... Pero seguía conteniendo en esas dos artes la verdadera expresión de su melancolía... todavía podía contenerse en el último minuto y conseguir transformar el dolor en actuación... Pero cuando tocaba el koto... no tenía por qué seguir mintiendo...

Era por eso que nunca pensó en participar en el club de música, por saber que allí estaría siempre propensa a exponerse más de lo que su posición y obligaciones le permitían.

Durante largos minutos Otsu se dejó llevar completamente por las notas, sintiéndose libre y completa. Sin embargo el sonido del timbre, convocando a todos a asistir al arribo del barco, la rescató a regañadientes de la melodía que la colmaba. Soltó un suspiro resignado y se levantó. Era el momento de seguir su camino y cumplir una vez más con lo que le era exigido.


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Los ojos escarlatas de la hime vislumbraron el borrón blanco que se acercaba cada vez más al muelle de Amaterasu. Como de costumbre, el cuerpo docente estaba allí reunido, esperando la llegada de los alumnos para, en cortejo, dirigirse todos al edificio principal de la escuela, conforme dictaba la tradición de la institución desde su fundación, y así oficializar el comienzo del año escolar.

Desde que alcanzó la edad de finalmente ir a la escuela, el día antes de la llegada del buque Setsuna-no-kami la convocó a sus aposentos para comunicarle que al día siguiente Otsu se presentaría con ella y los demás profesores en la ceremonia de apertura, en vez de ir con sus compañeros. La presidenta del Consejo de Suzuko y directora de Amaterasu no le dio ninguna otra explicación, pero Otsu sabía que aquella era una forma de serles recordadas sus futuras obligaciones políticas y ceremoniales... y de aprender a prepararse para ellas, ya que Myrai Otsu era hija y heredera de Setsuna.

Otsu miró de reojo a su madre, que se erguía imponente y elegante a su lado. Era como si la propia fuerza de la naturaleza estuviera personificada en la vidente. Se preguntaba si algún día sería capaz de emanar tanto poder y confianza, como siempre esperaban de ella.

Posó los brazos a la altura del vientre. Las largas mangas de su kimono azul cielo escondían en su interior las manos pequeñas. Se enderezó, tratando de quedar más erecta y copiar la postura de su madre, aunque, por más que se empeñase, sus gestos siempre eran más delicados que los de Setsuna.

Aquel era el peor día del año, aquella era la peor hora del día. Era cuando su diferencia de los demás alumnos estaba más nítidamente marcada. Era cuando el aroma dulzón de las sakuras penetraban de forma casi nauseabunda en sus fosas nasales... y las palabras de su madre le martilleaban en el fondo de su mente.

A veces el recuerdo de ese día le parecía tan tenue que llegaba a dudar que hubiera ocurrido de verdad y no hubiera sido una pesadilla. Otras veces los detalles eran tan dolorosamente vívidos que parecían estar ocurriendo en el preciso momento que los evocaba.

Se podía ver, aún pequeña, caminando despreocupadamente por los suntuosos corredores de la casa principal de la Villa Myrai, como única compañía un molinillo de viento que Tomoe-obasan le había regalado.

Aquel día habría sido uno más del montón, con Otsu corriendo sonriente, soplando el juguete y dejando que los giros de su molinillo de viento fueran sus únicos guías... Pero algo sucedió. La niña escuchó sollozos altos y copiosos provenientes de una de las habitaciones de la casa. Se detuvo de sopetón, un poco asustada, indecisa entre descubrir las razones que llevaron a alguien a llorar con tanto sentimiento o salir de allí lo más rápido que sus pequeños pies le permitían, para que el dolor que causaba ese sufrimiento no la afectara.

Sin embargo, el deseo de ayudar a esa persona terminó sobrepujando toda reticencia que la pequeña albergaba. Continuó caminando por los corredores. El sonido del llanto parecía aumentar en sus oídos a cada paso que daba, hasta que finalmente se detuvo frente a la puerta de donde provenía el llanto: el cuarto de su madre

Abrió la puerta, ligeramente preocupada. Nunca antes había visto a Setsuna derramar una lágrima. Para Otsu, su madre era alguien grande y fuerte, alguien que llegaba a admirar. Lo que la chiquilla vio hizo que su corazón se oprimiese todavía más.

Su madre estaba sentada en el suelo del cuarto, con el pelo cayéndole sobre la cara, con una mano sobre los ojos mientras que con la otra sostenía un papel que, años después, la hime sospechó haber sido una carta. Los sollozos de la mujer eran tan fuertes que su cuerpo se estremecía en un espasmo involuntario cada vez que dejaba escapar uno.

La pequeña se acercó con pasos tímidos, deseosa de abrazar a su madre y hacerla dejar de llorar. Setsuna no era tan cariñosa como Tomoe-obasan, pero aún así era su madre y siempre le dirigió una mirada que, por detrás de esa apariencia distante, a la niña le parecía que era algún tipo de ternura. Después de todo, Setsuna era su madre y todas las madres amaban a sus hijos, ¿no?

Al principio la vidente no notó la presencia de su hija, inmersa como estaba en las lágrimas que se apoderaban de su ser. Sólo levantó la cabeza al sentir los deditos de la niña posarse delicadamente sobre su hombro.

La hime le dirigió una sonrisa a su madre para tratar de animarla.

—No llores, mamá —le dijo con cariño.

Setsuna no dijo nada. Por algunos segundos sólo se quedó quieta, mirando a su hija. Se llevó una mano a los labios. Sin que Otsu se diera cuenta al principio, un sutil cambio apareció en los ojos de Myrai-no-kami. De repente toda la tristeza que oprimía a la mujer se transformó en una rabia cortante y fría.

—Sal de aquí —murmuró entre dientes.

Otsu se asustó del tono de voz empleado por su madre, no esperaba una reacción como ésa.

—¡Sal de aquí! —dijo Setsuna, un poco más alto—. ¡Sal de aquí ahora! ¡Te odio! ¡No te quiero cerca de mí!

Los ojos rojos de Otsu se llenaron de lágrimas y aflojó los dedos, dejando caer el molinillo al suelo, inerte. Sintió una fuerte presión dentro de sí, tan fuerte, tan doloroso como nunca antes había sentido. No comprendía qué podía haber hecho de malo para que Setsuna le tuviera tanto rencor. Quería salir corriendo de allí, alejarse completamente de la expresión dura y acusadora de su madre, pero sólo se quedó allí parada, sintiendo las lágrimas caer por sus mejillas rosadas.

En ese momento la puerta del cuarto se abrió nuevamente y entraron las otras dos Myrai, atraídas por los gritos de Setsuna.

Tomoe corrió directamente hasta su sobrina, apenas notando la presencia de su hermana mayor. Se inclinó para quedar más cerca de la niña.

—¿Te lastimaste, Otsu-chan? ¿Qué te pasó, chibi? —preguntó con voz preocupada.

Setsuna permaneció sentada en el suelo, con los ojos fijos en su hija, que ahora lloraba copiosamente a pesar de las tentativas de Tomoe de calmarla. Kaede caminó con lentitud, apoyada en su bastón, hacia donde estaban sus hijas y su nieta. Se acercó a Otsu y pasó delicadamente la mano por las mejillas mojadas de la pequeña.

—Tomoe, llévate a Otsu de aquí. Necesito estar a solas con Setsuna.

Ésta alzó la cabeza y notó la seriedad de la expresión estampada en el rostro de su madre. Sólo entonces volvió su atención a su hermana y lo que vio la dejó aterrorizada. Nunca antes había visto a Setsuna en tal estado de desolación y descontrol tan grande. Siempre había sido tan señora de sí en todos los momentos de su vida que percatarse de esa fragilidad tan grande asustaba. Tomoe no pudo imaginar lo que podría haber sucedido para romper de forma tan violenta la máscara de autocontrol que Setsuna mantení.

Tomoe asintió en silencio, tomó a Otsu en brazos y salió de la habitación. La niña se acurrucó contra el pecho de su tía, sin dejar de llorar. Todavía no lograba entender lo que acababa de pasar, por qué su madre le había gritado, pero se sentía culpable por algo que no había hecho. Una culpa que la acompañaría por toda su vida, de la cual trataría vehementemente de redimirse.

Tomoe pasó los dedos cariñosamente por los rizos de la pequeña mientras murmuraba bajito para calmarla:

—Estoy aquí ahora, chibi... Todo va a estar bien... Shhh... Todo va a estar bien...

Desde ese día la hime nunca más llamó a Setsuna de okaasan. Desde ese día Myrai-no-kami se dirigía a su hija sólo cuando lo creía necesario... Y Otsu nunca supo las razones que llevaron a la vidente a actuar de ese modo.

Por eso la floración de los cerezos le era tan triste: no sólo era el día de comienzo de clases, sino también que quedaba al mismo tiempo tan cerca y tan lejos de su madre... Y por más que Otsu se esforzara, cada año sentía más y más que tal vez nunca sería posible conquistar el cariño y la aprobación de la gran e inalcanzable Myrai-no-kami.


Glosario
Geta - sandalia con suela gruesa de madera y uno o dos tacos, diseñadas para mantener los pies limpios del barro de las calles
Koto - instrumento japonés de trece cuerdas de origen chino, similar al guzheng
Ichi, ni, san, shi, go, roku, shichi, hachi, kyu, jyu, to, i, kin - Existen variaciones en la forma de contar en japonés; en este caso el “conteo” no se refiere sólo a los números, sino específicamente a los nombres de cada una de las cuerdas del instrumento.
Hime - princesa
Chibi - pequeña


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