HITSUZEN







Volumen 02 - Capítulo 08

Festival de las Estrellas










La heredera de las Myrai caminaba tranquilamente por los corredores de la escuela, dirigiéndose rumbo al teatro. Sus ojos carmín estaban posados en las mangas del kimono, estampadas con la extraña Luna Pelota. Cuando Rika le mostró el obsequio pensó en un primer momento que se iría a sentir cohibida en usar algo tan diferente de los tradicionales diseños estampados en los kimonos que su tía Tomoe acostumbraba a comprarle.

Pero con todo, para sorpresa de la hime, terminó gustándole inmensamente el regalo de su amiga. Aquellos diseños tan poco usuales le hacían sentirse más despojada, como una adolescente normal, como cualquier otra alumna del colegio divirtiéndose con las festividades.

Otsu entró al camerino y se sentó frente al espejo, todavía sumergida en esos pensamientos. Fue entonces que escuchó un ruido a su espalda.

—Ah, ¿entonces ya estás aquí? —sonó la voz de Rika, alegre, segundos antes de que Otsu se volteara hacia ella.

Detrás de la pelirrojita vio a Kitsune, su rostro serio no combinando ni un poquito con el adorable kimono color rosa —a pesar de la promesa, Rika no cambió el color— y lleno de caritas de Hello Kitty bordadas cuidadosamente por todos lados.

Obviamente la Raposa se sentía menos a gusto con lo que estaba usando de lo que la hime se sentía con las vestimentas de Luna Pelota, pero ¿cómo decirle «no» a Rika?

—Muy bien... Ya tengo la ropa de ustedes separada aquí —comentó Rika, acercándose al perchero que estaba junto a la puerta—. Kitty-chan, ¿trajiste tu espada? No la veo por aquí...

—La tengo conmigo —respondió Kitsune—. No va a ser un elemento escenográfico, es mi katana de verdad.

Los ojos de Rika se agrandaron ligeramente.

—¿De verdad? Pero ¿y si lastimas a Otsu-chan?

En ese preciso instante, interrumpiendo la discusión, alguien llamó a la puerta y segundos después apareció Mizuki Asuna, la cual interpretaba el tercero de los personajes del esquetch de los espíritus.

—Con permiso —sonrió ligeramente—. Minamoto-san, ¿mi ropa ya está aquí? Voy a cambiarme en el otro camerino.

Rika sonrió en respuesta.

—Claro, claro, sólo un momento —respondió. Descolgó uno de los kimonos de la percha y se lo entregó—. Aquí tienes.

Asuna le dio las gracias y se fue enseguida. Nuevamente Rika se volvió hacia Kitsune, con las manitos posadas sobre la cintura, y miró a su amiga con desaprobación.

—Ahora, ¿qué historia es ésa de usar la espada de verdad?

Otsu resolvió pronunciarse para tratar de calmar las preocupaciones de su amiga.

—Las dos estuvimos ensayando con la katana, Carrot-chan. No hay posibilidad de que Yamamoto me hiera, nuestros movimientos están sincronizados y, a pesar de los pesares, la lucha es sólo una coreografía... Si vamos a tener un combate de verdad, que sea en el torneo de kendo, si terminamos por encontrarnos.

Kitsune esbozó una media sonrisa.

—No tengo dudas al respecto.

Antes de que nadie más se pronunciara, nuevamente golpearon la puerta y esta vez fue el rostro de Akiba Shizu quien apareció en el umbral.

—Rika-chan, ¿es aquí donde está el kimono de “primavera” de la escena de las cuatro estaciones?

La aludida se palmeó la frente.

—Mil perdones, Shizu-chan, debería haber llevado tu vestuario al camerino de las estaciones... Sí, está aquí, puedes entrar. Te ayudaré a arreglarte para compensar el olvido.

Shizu asintió en respuesta y entró al camerino. Le caía bien la pequeña Minamoto, no sólo por ser hermana de Sayo, sino también porque estaba siempre alegre y sonriente.

—No iré a estorbar a Otsu-hime ni a Kitsune-chan, ¿verdad? —quedó medio insegura al ver a las dos allí dentro también.

—Ponte cómoda, senpai —Kitsune inclinó ligeramente la cabeza.

Otsu asintió también y respondió:

—No veo ningún problema en compartir el camerino contigo, Shizu-san —y enseguida se volvió nuevamente al espejo y comenzó a peinarse el cabello.

—Entonces déjame ver el lindo kimono que hiciste, Rika-chan —dijo Shizu, ya quitándose los zapatos.

—Con mucho gusto —respondió Rika, también sonriendo.


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Haruhiro soltó un suspiro de resignación al tener que detenerse nuevamente para dejar pasar a un grupo de estudiantes, que llevaban pertrechos de la obra. Estaban en el final del intervalo, pronto comenzaría el segundo acto y estaba perdiendo la oportunidad de encontrar a Touya. Otra vez.

Volteando los ojos, finalmente encontró espacio para continuar con su búsqueda. Le dolía cada músculo de su cuerpo; desde inicios de la semana todo lo que hacía era correr de un lado a otro para asegurarse que todo saliera no menos que perfecto... Y en esos momentos no dejaba de preguntarse por qué rayos aceptó ser representante de la clase y, lo peor, vicepresidente del Consejo. La única ventaja que tenía era tener un cuarto sólo suyo y él no usufructuaba esa ventaja porque prefería continuar en el dormitorio común.

Finalmente su búsqueda llegó a su fin y encontró a su amigo ayudando a una chica a arreglar el cuello de la túnica que ella usaba. Una sonrisa maliciosa afloró a sus labios y casi soltó una broma al percatarse que la acompañante de Touya era Kitsune.

Su sonrisa se amplió un poco más y se acercó de puntillas a la pareja de primos por detrás hasta depositar el mentón en la curva del cuello de la joven y sonreírle cuando Kitsune volteó el rostro en su dirección.

—Bu.

Los ojos grises de Kitsune no expresaron ninguna emoción, fuera de susto o sorpresa. Aún así él no dejó de mirarla divertido mientras sentía la suave fragancia de orquídeas que ella desprendía.

—Hola, Haruhiro —saludó—. ¿No deberías estar haciendo tu trabajo y vigilar la platea para que no haya ningún lío ni nada por el estilo?

—Vino a desearnos buena suerte —Touya respondió por su amigo—. No seas tan agria, Kitsune.

—No estoy siendo agria —respondió ella, dando un paso adelante y apartando a Haru de su hombro—. Sólo hice una pregunta.

—Déjala, Touya —Haru hizo un gesto de displicencia con la mano—. Sólo vine a desearles que se rompan una pierna y... bueno, si eso sucede, estaré en la primera fila para auxiliarlos.

—Muy gentil de tu parte —respondió Touya con una mueca.

—Un minuto para abrir el telón —alguien gritó desde no muy lejos.

Kitsune alzó los ojos hacia los bastidores que estaban del lado opuesto a ella. Myrai Otsu estaba allá, con el cabello encaracolado recogido displicentemente con un lazo y cayendo sobre la túnica, idéntica a la suya excepto por los colores —Kitsune usaba tonos de azul y gris, representando a la tormenta, mientras que la otra estaba de blanco y rosa, la encarnación de una flor de cerezo—.

Los ojos de ambas se encontraron, rojo contra plateado. La hime hizo una ligera reverencia con la cabeza, su rostro absolutamente serio, en el preciso instante en que el telón se abría y la melodía anunciando la llegada del espíritu del cerezo comenzaba a sonar en el auditorio. Una suave brisa sopló, trayéndole a Kitsune pétalos y perfume de flores, poco antes de que la otra comenzara a avanzar.

Movimientos fluidos. Melodía suave. Flores delicadas flotando al son del viento. Ella era la misma encarnación del espíritu del cerezo. Por más que no le cayera bien Otsu-hime, Kitsune tenía que admitir que su compañera ponía todo su corazón en la danza.

Exactamente como ella misma.

Kitsune posó la mano sobre la vaina de su katana, sujeta a la cintura, apenas escuchando los chistes de Haruhiro y Touya. Toda su concentración estaba ahora en el papel que tenía que desempeñar. Respirando hondo, vio cuando Otsu giró elegantemente, dándole la señal para su entrada. El aire se volvió más frío y sopló violentamente contra el suelo cuando ella avanzó a la escena.

Las dos se miraron nuevamente, el intercambio de miradas representando un desafío mutuo. Por algunos instantes permanecieron paradas, erectas, esperando a que la otra hiciera el primer movimiento.

Con delicadeza Kitsune deshizo el lazo que sujetaba su katana a la vaina. El brillo de la lámina era el mismo que sus ojos. Ojos de zorro, como acostumbraba a decir su madre. Ojos de niebla, según su abuelo.

Otsu por su parte se soltó el pelo, dejando que sus rizos se desparramasen por sus hombros, y estiró la cinta que hasta entonces lo tenía sujeto antes de dejarla caer al suelo en un leve frufrú de seda.

Viento. Pétalos. Aroma a lluvia. La lucha de los dos espíritus estaba por comenzar.

Kitsune se puso de puntillas y cerró los ojos antes de rodar el cuerpo, la espada girando en sus manos con ligereza y facilidad, como si estuviera hecha de goma espuma. Sintió el pelo azotarle el rostro, el corazón latiendo al ritmo de la música que vibraba alrededor de ella y entonces la lámina se encontró con la cinta de seda que había recogido el cabello de Otsu.

El tejido serpenteaba alrededor del cuerpo de la hime, como un escudo protector. A pesar de ser sólo una fina tira de seda, fue lo bastante resistente para detener su golpe. Más que eso: la punta de la cinta ahora estaba erecta, lista para atacar... Y fue exactamente lo que ella hizo, avanzó rápidamente en dirección al rostro del espíritu de la tormenta, que sin vacilar dejó caer el cuerpo atrás, usando la espada como apoyo para hacer una pirueta en pleno aire y así escapar del golpe.

Kitsune se incorporó, al otro lado del escenario. Nuevamente los dos espíritus se miraron mientras la música avanzaba, dramática. Era apenas el inicio de la lucha.



Extra
by Lulu-sempai
Los tres espíritus