HITSUZEN







Volumen 01 - Capítulo 05

Pensamientos








Ya era bien entrada la noche y casi todos los estudiantes de Amaterasu estaban durmiendo, descansando para un nuevo día de clases. Aun con los intervalos y el material al alcance de los alumnos, las clases eran pesadas y la falta de una noche de sueño podría interferir considerablemente en el seguimiento del ritmo del día.

Kenmei Itadaki no era un estudiante al que le importara mucho eso. No era perezoso en los estudios, pero sabía cómo pedir que lo ayudaran después. Esa noche estaba pensando en tantas cosas que sencillamente el sueño no tenía lugar.

La carta que su padre le había enviado era una buena noticia. Finalmente algo comenzaría a cambiar en su familia. No es que Itadaki estuviera verdaderamente preocupado por el lado financiero de su casa, pero estaba en cierto modo feliz al ver que los planes de su padre estaban yendo como él quería.

La mente del chaval se trasladó al día en que hablaron sobre ello antes de que él comenzara el año escolar.


El tiempo nublado y las nubes grises parecían combinar perfectamente con el paisaje. Era eso lo que Itadaki pensaba al ver el terreno de su familia. Apoyado en el balcón de su cuarto, miraba aquel enorme pedazo de tierra en donde se veían algunas casas esparcidas y enormes y antiguos árboles. Podían llamarse antiguos, pero el muchacho decía que eran viejos, como todo lo que rodeaba.

Sus ojos castaño claros se detuvieron en la casa que quedaba más cerca de los portones de entrada, que había sido la primera en sucumbir. Esa sería la casa de su hermana si ella continuara en Japón o si todavía hubiera algún mueble en ella. Vendieron todo menos los muebles externos. Tenían que mantener las apariencias, por supuesto. Si alguien se detuviera a verla diría que estaba solamente esperando el regreso de su dueña. Gran error...

Así era su familia, pura apariencia. Engañaban a todos los que pasaban por ese portón, que ostentaba el símbolo de los Kenmei.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Itadaki al acordarse del día en que Kou Nanami apareció sin avisar para una simple visita. Su madre casi se volvió loca ordenando la casa y escondiendo todas las facturas que estaban esparcidas por la sala. Su abuela permaneció impasible, se levantó y se fue a su cuarto a cambiarse; para ella no había motivos para preocuparse, sólo tenía que actuar como siempre lo había hecho. Ese tipo de preocupación era para inferiores.

Si todos querían actuar de ese modo dentro de la casa, él no tenía por qué hacer lo mismo. En realidad no le importaba, sólo que no tenía paciencia para las crisis de su madre o de su abuela. Él encendía el aparato de sonido y se desconectaba un poco de aquella casa y de aquel caos.

Miró más hacia un lado y vio uno de sus primeros obsequios, un árbol antiguo y único en toda la ciudad. Era una secuoya y había sido importada de Brasil. Cuando Itadaki cumplió cuatro años pidió algo único para poder jugar. Su padre mandó traer ese árbol, creyendo que ningún otro niño de la ciudad lo tendría. Al ver ese viejo símbolo de su infancia, se acordó de cuando descubrió que no tendría todo lo que siempre quería. La niña que le dijo «no» por primera vez no sabía lo mucho que marcó su vida.

Los golpes en la puerta le hicieron salir de sus pensamientos. Al abrirla se encontró con uno de los criados de la casa. Nadie entraba a su cuarto sin permiso, ni siquiera su padre.

Sumimasen, Itadaki-san, Yumi-san lo llama para almorzar —el señor bajó la mirada al hablar.

—Dile que no voy. Trae mi almuerzo a mi cuarto y avisa que no quiero ser molestado durante el resto del día.

Cerró la puerta antes incluso de que el criado alzara la mirada o dijera algo. Itadaki sabía que su abuela se enojaría por ello pero que no haría nada. Como mucho culparía a su madre por haberlo maleducado, pero no hablaría directamente con él.

Aburrido, Itadaki se dejó caer sobre la cama, esperando a que el día pasara. Si no supiera que su tío llegaría para hablar al final del día con su padre, él ya habría salido de allí. Rara vez conseguía permanecer muchas horas seguidas dentro de casa.

Nuevos golpes en la puerta lo hicieron percatarse de que durmió toda la tarde y que probablemente estaba siendo llamado por su padre. Con una sola palabra Itadaki avisó que se arreglaría y bajaría.

El crepúsculo estaba siendo agradable charlando con su padre sobre todo lo que él estaba planeando. Invertiría el dinero que haría vendiendo las obras de arte que todavía se encontraban en la casa tres y en la casa dos. Akunin comentó que iría a necesitar de apoyo cuando fuera a comunicarle la venta a su madre. Los tres hombres de la casa se echaron a reír al imaginarse la escena.

Su tío comentó animado sobre la posibilidad de poder volver a vivir en una casa sólo suya en vez de tener que compartir la casa central con todos. Era difícil salir con mujeres y tener la voz de su madre en la cabeza cuando volvía a casa.

En ruido de su estómago le hizo percatarse a Itadaki que no había comido y los tres salieron a celebrar la buena noticia.



Una amplia sonrisa se formó en sus labios mientras apoyaba el cuerpo contra la pared de detrás de su cama y apoyaba la cabeza en la misma, imaginando aquella noche. Le gustaba salir con su padre y su tío. Normalmente acababa teniendo que llevar a los dos “adultos” borrachos de vuelta a casa.

Muchos en Amaterasu lo consideraban mimado y su estilo de vida vano. Era verdad, estaba de acuerdo en parte. Había tenido que cambiar mucho después de entrar en la escuela y madurar, pero era su vida y estaba satisfecho con ella. Tanto que se podía dar el lujo de mirar el reloj y ver que eran las cuatro de la mañana y no preocuparse. Su organización era grande y aun con sueño no perdía sus responsabilidades.

Al pensar que tendría que despertarse dentro de dos horas, Itadaki pensó que tal vez debería tratar de volver a dormirse. Se acostó con la mente todavía en varios acontecimientos pasados y posibilidades futuras. Se volteó a un lado con los ojos todavía abiertos y una pequeña sonrisa porfiando en permanecer en sus labios. Estaba muy orgulloso de su viejo.